Primer capítulo: El último canto del canario

DE VUELTA A LA ACCIÓN.

Boca mina de Texeo, Poblado Minero de Rioseco, Concejo de Riosa. Madrugada del 12 al 13 de mayo.

El hombre inconsciente y tumbado en el suelo recibió una fuerte patada en el abdomen. Despertó gritando, asustado y dolorido. Todo estaba demasiado oscuro. Negro. Se encontraba en lo que parecía ser el túnel de una mina. Su garganta emitía gemidos que resonaron por la galería, mezclándose con el sonido incesante de gotas que caían por todo el pasadizo.

Una luz tenue se encendió a su lado. La visión aún borrosa del hombre, que no entendía qué hacía en aquella situación, le impidió ver con claridad lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Apenas podía moverse, atado de pies y manos con una cuerda gruesa que amarraba sus cuatro extremidades. Una figura apareció delante de él. Colocó una imagen en su pecho, una fotografía de una mujer joven con una bonita sonrisa. El hombre maniatado empezó a hiperventilar. La persona que tenía delante quedó de pie, sin emitir palabra alguna.

  • ¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy?

No hubo respuesta. De una mano colgaba una jaula vacía. Agachándose, la posó en el suelo junto al hombre cautivo. La visión se fue aclarando, pudiendo fijarse en la persona que tenía enfrente. Llevaba puesto un buzo negro y una máscara de oxígeno. El estilo de la galería donde estaban no dejaba lugar a dudas. Estrecho, húmedo, arcado. Estaban, efectivamente, en el interior de una mina.

  • ¿Por qué me has traído aquí? ¿Qué mina ye esta?

El silencio se prolongó. El hombre comenzó a gritar pidiendo auxilio. Nadie podría escucharlo. Ni siquiera hubiese podido ver la entrada de aquella boca de mina aunque hubiese sido de día y el sol brillase en el cielo. El cautivo no podía saberlo, pero sólo 50 metros lo separaban de la libertad. Miró al minero. Junto a sus pies había un barril, parecía de plástico. Subió la mirada, mas no pudo apreciar nada reconocible sobre la persona que lo había llevado hasta allí. Llevaba una linterna en la frente, junto con la máscara de oxígeno, que hacía completamente imposible entrever detalle alguno acerca del demonio que lo estaba atemorizando.

  • ¿Qué tas faciendo? ¿Qué tien el bidón? ¿Gasolina? ¿Y la jaula para qué la quiés? —bajó la barbilla hacia la foto que le había puesto en el pecho—- ¿Quién ye la tipa de la foto?

El secuestrador con buzo y máscara le dio una patada en el estómago. Había intentado levantarse sin éxito. El golpe le hizo vomitar lo poco que tenía en el estómago. El enmascarado agarró el bidón, abrió la tapa y un fuerte olor a gasolina inundó el lugar. Comenzó a rociar el cuerpo maniatado. El olor cada vez era más intenso, al igual que los gritos del hombre pidiendo auxilio.

Gritaba y lloraba a partes iguales, intentando esquivar el chorro de combustible que caía sobre él.

  • ¿Qué te he hecho yo? ¡Ayuda, por favor, que alguien me ayude! ¡Soy inocente, no te hice nada! ¡Has secuestrado a la persona equivocada!

El minero dejó el bidón vacío de nuevo en el suelo y se alejó unos metros. De uno de sus bolsillos sacó un mechero y de otro una pequeña bolsa de papel, que contenía los enseres personales que el hombre había llevado encima unas horas antes. No era mucho, su cartera, y un reloj Festina, pero servirían. Acto seguido prendió una de las esquinas de la bolsa. Cuando el fuego comenzó a crecer, la lanzó contra el hombre, que comenzó a gritar cada vez más mientras se convertía en una antorcha humana. El hombre del buzo negro miraba la escena en silencio, observando cómo el fuego le consumía la carne y los huesos, hasta que sólo quedó el sonido del fuego, combinado con las goteras que seguían cayendo incesantes por la galería. Lo demás se había convertido, simplemente, en silencio.

14 de mayo, 10:00h. Comisaría de Oviedo.

Elena Carrasco se reincorporaba a su trabajo después de una larga baja por maternidad. Su marido, el también inspector Urko Ayestarán, lo haría unos días después. Muchos cambios habían acontecido en la comisaría a causa de una investigación caída en desgracia un par de meses atrás. La mujer tenía orden de presentarse ante su superior.

El Comisario Ángel Marrero, pocos años mayor que ella, hizo pasar a la inspectora.

  • Siéntese —esta acató—. Le felicito por el caso Cuento. Fue usted muy valiente.
  • Y también gilipollas. Cerramos el caso pero las medallas se las llevó Mauleón.
  • Gregorio Mauleón es una persona muy querida en esta comisaría, y está donde el destino quiso que le perteneciese, en lo más alto del escalafón a nivel regional. Sin él no hubiesen llegado tan lejos…
  • Urko me ha insistido en que me esté calladita por mi bien, y ante las dictaduras, silencio. Creo que también puede ponerse en mi lugar. Podía haber perdido a mi hijo durante la investigación, y a mi suegro. Mi marido y yo nos hemos jugado la vida en cada capítulo de aquel cuento que llegó a ser insoportable para cualquier mente.
  • Inspectora, usted y yo nos conocíamos apenas de vista, hemos llegado a tomar algún café dentro de estas paredes, pero ha tenido que ser mediante una conversación telefónica con Mauleón, que me ha advertido de sus múltiples rebeldías. Y tenga claro que no me temblará el pulso a la hora de expedientarla y, por ende, acabar expulsada del Cuerpo.

Marrero suspiró. Sabía de antemano que aquella mujer no se lo iba a poner fácil, con ella hacía falta tener bastante paciencia. Por órdenes de arriba, no podía echarla del Cuerpo Nacional de Policía sin un motivo mayor a la rebeldía de una inspectora de 34 años famosa en prensa y Comisaría por hacerle frente a una asesina en serie actualmente en paradero desconocido. El Comisario descolgó el teléfono fijo que estaba en la parte derecha de su mesa y marcó un dígito.

  • Pida al agente Rodiles que venga a mi despacho.

Nuevamente colgó y, cruzando los brazos, miró fijamente a Elena.

  • No hemos empezado con buen pie, y bueno, con su manera de ser, tomé una decisión eventual con usted. Llámelo karma, o simple decencia.

Alguien tocó la puerta y el Comisario hizo pasar a la persona que se encontraba tras la puerta. Era el agente Iker Rodiles, de administración. Un hombre extremadamente alto y delgado, extravagante, con unas gafas enormes y una voz un tanto desagradable.

  • Jefe, me ha hecho venir…
  • Sí, siéntese, le presento a la inspectora Elena Carrasco, su nueva compañera.

El hombre se sentó y estrechó la mano de la inspectora, que le fue denegada al tiempo que su cara empeoraba.

  • Estas últimas semanas han habido muchos cambios en la Comisaría. Uno de ellos es algo que, precisamente la inspectora Carrasco propuso en mitad de una investigación: digitalizar denuncias más allá de los años 90, algo que se fue acumulando indebidamente.

Elena alzó la voz.

  • Yo jamás propuse eso. Dimos palos de ciego con temas de identidad en mi último caso, no habían sido actualizados, eso fue todo, sé que soy la oveja negra de esta Comisaría, pero le pido el favor de que no pongan palabras que mi boca jamás dijo.
  • Tranquilícese, inspectora, que aquí perder los papeles todos sabemos hacerlo, pero la única con todas las de perder a nivel general es usted.

Esta lo ignoró. Marrero prosiguió.

  • Lo dicho, ustedes dos van a trabajar digitalizando denuncias del pasado y actualizando bases de datos. Inspectora —el Comisario miró a Elena—. No quiero más quejas, usted tiene un trabajo que se le ha mantenido y debería dar gracias a Dios, o a Mauleón, que le tiene a usted en buena estima, por continuar aquí. Le puedo asegurar que las insubordinaciones están pagadas más duramente, por lo que es usted una mujer muy afortunada, tómeselo así, le será más fácil.

Esta se encogió de hombros, se levantó y se dio media vuelta. El Comisario miró a Rodiles.

  • Sí, pueden irse. Quiero que cada día me resuma los avances que han tenido en el archivo la inspectora y usted.

Elena volvió a girarse, esta vez más afectada.

  • Señor Comisario, con todos mis respetos. No necesito un canguro si es lo que pretenden. Mi trabajo es de campo y necesito volver a las calles.

El Comisario, esta vez la ignoró, haciendo un gesto con la mano pidiéndoles que marchasen.

15 de mayo. Comandancia de la Guardia Civil, Oviedo. Por la mañana.

El Comandante de puesto Javier Barrales pidió personarse a Eugenia Argüelles en su despacho. Esta supervisaba varios expedientes en aquel momento.

  • Señor, ha pedido mi presencia…
  • Sí, Teniente Argüelles, siéntese, por favor. La pongo en situación lo más brevemente posible, hay cierta prisa con todo esto. Hemos recibido un aviso procedente de los compañeros de Langreo. Ha aparecido un cadáver en… Espere que le digo el nombre… —el hombre miró por encima unos papeles que tenía delante de su mesa—- Aquí, sí. La Mozquita. Era una mina de carbón a cielo abierto, ahora reconvertida en tierras de labor y huertos de manzanos. El cuerpo tiene magulladuras. Lo ha encontrado un vecino hace poco más de una hora. Desconocemos algo más, pero el puesto de Langreo ha pedido ayuda a la UCO para la investigación del caso, y estamos de acuerdo en que usted es una persona eficaz y concienzuda en el trabajo.
  • Se agradece el honor, Comandante.
  • No obstante, al aceptar la investigación por la parte que nos toca, me han llamado del Ministerio de Defensa nada más han sabido acerca de un hombre asesinado en una antigua mina al aire libre, ya sabe, palmaditas que se quieren dar los políticos. El Ministro del Interior quiere que a lo largo y ancho de nuestro territorio los casos más difíciles los llevemos conjuntamente el Cuerpo Nacional de Policía y la Guardia Civil.
  • Con todos mis respetos, ¿se puede saber a cuento de qué?
  • Ya sabe, Teniente, con la situación que atraviesa nuestro país a nivel político quieren que los Cuerpos de Seguridad del Estado unan fuerzas. Silenciar los recortes, supongo, y darse más medallitas entre ellos, pero no dejamos de ser unos mandados. Tras el asesinato de dos compañeros en La Línea a manos de un cártel quieren que seamos una sola unidad cuando haya una investigación importante, y así me lo ha hecho saber el asesor principal del Ministro del Interior.
  • Señor, dependemos de Defensa.
  • Efectivamente, y tal y como se lo acabo de decir deben querer tapar los recursos que nos han ido quitando tanto al Cuerpo Nacional de Policía como a nosotros, conjeturas mías, ahora mismo sabe usted lo mismo que yo.
  • Con todos mis respetos, Comandante, otra cortina de humo, nada nuevo.
  •  Quiero que se dirija a Langreo y recabe toda la información de la que dispongan los compañeros. Déjeme mirar —el Comandante revisó los papeles sobre el caso—. En estos momentos se está realizando el levantamiento del cadáver, y los guardias Celestino Barrios y Román Escudero, del puesto de Langreo, se están ocupando de recabar la mayor información posible. Esta será traspasada a usted en cuanto tome la rienda del caso. Necesitamos huellas y esperar al informe del forense. En breve le asignarán un compañero del Cuerpo Nacional de Policía.
  • No acabo de ver esto, Comandante. Nosotros tenemos nuestros métodos, y ellos los suyos. No funcionamos igual, usted lo sabe mejor que nadie.
  • A mí tampoco me convence, Argüelles, pero por desgracia ni usted ni yo tenemos el Don de decidir. Acóplense, y tómenselo en serio. Hay un asesino suelto. Fin de la conversación.

La Teniente se levantó, asintiendo con la cabeza y realizándole un saludo militar. Este se levantó e hizo lo propio con ella.

15 de mayo, Comisaría central de Policía Nacional, Oviedo. 12:27h.

El Comisario Marrero exigió la presencia de la inspectora Elena Carrasco en su despacho. Esta se demoró más de lo esperado. Tocó la puerta, y, tras recibir respuesta, cruzó hasta estar frente a él.

  • Inspectora Carrasco, tome asiento, por favor.
  • ¿Algún problema con mi nuevo trabajo?
  • Insisto, siéntese, por favor. Y no se ponga a la defensiva, le voy a ofrecer algo que intuyo, le será de su agrado.

Elena se sentó. Aquello sonaba bien, pero no podía fiarse de aquel hombre al que su hermano ya había señalado como corrupto.

  • Ha aparecido un cadáver en una antigua mina. En Langreo.
  • Si no me equivoco allí tiene jurisdicción la Guardia Civil, no nosotros.
  • Escuche primero, que ya estoy padeciendo en mis propias carnes lo que es tener que soportarla, que no deja ni hablar.
  • Disculpe, Comisario.
  • Mire, Inspectora, vamos a ser claros, ni yo le gusto a usted, ni usted a mí, y sin embargo, aquí estamos, sentados frente a frente, con una solución maravillosa para los dos. Usted vuelve al trabajo de campo, y yo vuelvo a continuar con mi vida profesional como si usted no existiera. Salimos ganando los dos.
  • Y dígame, ¿qué es lo que esperan de mí? ¿Tengo margen de elección?
  • Siempre podrá seguir digitalizando casos que ya a nadie le interesan junto al agente Rodiles.
  • Es insoportable, no calla, no deja de hablar de sus colecciones, con esa voz de pito tan desagradable, y no vocaliza, señor, no se le entiende, solo habla de figuras, muñequitos, hasta sé que su Pokémon favorito es Eevee. Me parece tan surrealista…

El Comisario la ignoró.

  • ¿Ha terminado? —ella asintió con la cabeza—. Bien, la alternativa es investigar un asesinato en la antigua Mina de La Mozquita, en Langreo.
  • No me suena nada.
  • Era una mina más bien pequeña para lo que estamos acostumbrados a ver, al aire libre. A cielo abierto, como denominan este tipo de minas. Allí había carbón. Según el informe de los compañeros —Marrero agarró los folios que tenía en la mesa y comenzó a leer—, la víctima es un hombre de aproximadamente 50 años, por el momento se desconoce su identidad. A falta del informe forense hemos contado hasta 126 cortes en su cuerpo. Murió desangrado con extrema violencia.
  • Resumiendo, tenemos a un desconocido al que un tarado se ha puesto morado a cortarle con un cuchillo. Me encanta, ¡acepto! Cero dudas.

Marrero le entregó una hoja imprimida.

  • Tiene que presentarse en esa dirección, es la del Puesto de la Guardia Civil en Langreo, allí le esperarán sus compañeros en esta investigación. La Teniente Eugenia Argüelles, de la UCO, estará a su lado.
  • Esto es lo que no veo, ¿por qué tiene que ser con la Guardia Civil?
  • Acuerdos de colaboración entre el Ministerio del Interior y el de Defensa.
  • Por mucha colaboración no van a tapar sus mierdas y chanchullos políticos. Ni tampoco todo lo que nos están recortando.
  • Haré como que no la he escuchado, aunque esté de acuerdo con usted. Se busca a un hombre…
  • ¿Por qué a un hombre? Las mujeres también nos podemos volver locas, ¿por qué no puede ser un crimen pasional llevado en exceso? ¿Llegó usted a leer un caso en Castro Urdiales de un sexagenario al que su pareja le cortó la cabeza?

Marrero quedó en silencio. Ella siguió hablando al unísono.

  • Las mujeres también podemos llegar a ser muy hijas de puta. No descarto nada, y menos cuando lo único que se sabe es en base a una hoja con cuatro comentarios de un Guardia Civil. Investigar, y ya después sacar conclusiones. Esto lo aprendí en la academia, señor.
  • Esto va a ser bueno para ambos, inspectora, le aseguro que no la voy a echar de menos. Sentimiento mutuo, no lo dudo. Todos contentos. Insisto, la esperan en el Puesto de Langreo. En ese folio que tiene en la mano tiene todo cuanto necesita saber por ahora. La llamaré para ir cotejando los avances en la investigación.
  • Comisario —Elena se inclinó hacia delante en señal de poder—. Si no fuese tan buena, los dos sabemos que hubiese ofrecido esto a otro compañero. Si es por no verme, en el archivo no tiene noticias mías. Sabe tan bien como yo que soy buena en mi trabajo.
  • Los últimos informes psicológicos le dan la razón hasta un cierto punto. Es la única mujer policía que ha llegado a inspectora diagnosticada con TDAH. Aquí no pasamos por alto los trastornos.
  • Es un trastorno leve, tal y como está reflejado en el informe de la psicóloga, y fui diagnosticada ya siendo mujer policía. Capacitada para hacer mi trabajo. De no ser así, no estaría aquí.
  • No se lo niego, pero sí difiero de quienes la aceptaron en la Academia sin un diagnóstico claro.
  • Es su opinión, pero usted no hace los diagnósticos. En fin, Comisario, ha sido un placer. Toca ponerse en modo acción.

La inspectora se levantó sin despegar su mirada de la de Marrero, y, sin apenas despedirse, salió por la puerta del despacho del Comisario.

Elena odiaba los cambios drásticos, y aquel era uno de ellos, pero, tal y como Marrero lo había expuesto, era una oportunidad perfecta para volver al trabajo de campo, del cual en su cabeza nunca se había ido. Puesto de la Guardia Civil de Langreo. Eugenia… ¿Eugenia qué? Miró el folio una última vez antes de guardarlo en el bolso y arrancar el coche. Eugenia Argüelles. No se olvidaría más, al fin y al cabo se trataba de su nueva compañera, eso sí, eventual. De la UCO. Miró su móvil. Se sintió estúpida, pero hubiese sido peor tener que preguntarlo y parecer más ignorante aún. Google. UCO: Universidad de Córdoba. Esto no es. Añadió a su búsqueda “Guardia Civil”. Ahora sí. Unidad Central Operativa. El órgano central de Policía Judicial de la Guardia Civil de España, encargado de la persecución de las formas más graves de delincuencia y crímen organizado ya sea nacional o internacional, así como del apoyo a Unidades Territoriales de Policía Judicial, que, por falta de personal o de medios, o porque el ámbito delincuencial sea interprovincial, requieran del apoyo de esta Unidad. ¿Por falta de personal o de medios? Queda claro que habiendo Policía Nacional, estos son unos segundones.

Carrasco puso la dirección del Puesto de la Guardia Civil, en Sama de Langreo en el GPS, y arrancó el coche.


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