Primer capítulo de «La Reina en el castillo de naipes»

I. LA SENDA.

Domingo, 8 de marzo.

Corrían las 8 de la mañana cuando el despertador sonó encima de la mesita de noche al lado de Carlos, que dormía plácidamente en su enorme colchón de 1,50. Al momento, sin dejar que sonase más allá de los escasos segundos que le permitían despegar por todo lo alto, lo apagó y acarició a Sonia, su mujer, que aún dormitaba plácidamente junto a él. Los domingos eran sagrados para ellos, el único día libre que ambos tenían para hacer planes con María, su única hija. Con 7 años era una gran promesa en el ballet y adoraba las rutas a las que sus padres la llevaban.

Carlos había conocido a la que hoy en día era su esposa 9 años atrás, en una quedada que  organizaba un grupo de aficionados a la naturaleza en Facebook. Fue un jueves cualquiera cuando uno de los chicos del grupo les presentó en una vinoteca, y desde entonces el amor floreció, dando como fruto de esa unión una preciosa niña rubia de ojos azules y grandes pestañas que llamaba la atención allá donde iba. Las escapadas, las rutas, los hoteles rurales y los conciertos de piano eran parte de sus rutinas en los días en los que sus respectivos trabajos les permitían. Los domingos eran para ellos tres, a excepción de algún fin de semana que María marchaba a casa de sus abuelos. Era entonces cuando el matrimonio aprovechaba para hacer escalada, senderismos más extremos, o una simple visita a algún balneario o un spa para reponer pilas.

Carlos despertó a su hija. Desayunaron los tres juntos, y, tras ponerse ropa cómoda, emprendieron el viaje hacia uno de los rincones más mágicos de Asturias. Ese domingo tocaba una muy especial, un lugar mágico donde la mitología asturiana estaba presente a lo largo de todo el camino: El bosque encantado de Beyu Pen.

Una ruta mayoritariamente plana, de 6 kilómetros ida y vuelta, unas 2 horas y media, perfecta para ir en familia, como era el caso de los Pérez. Para María era la primera vez que visitaba aquel lugar, y ya nada más llegar, en su cara se abrió una gran sonrisa. La niña amaba la naturaleza, y cada ruta para ella era un regalo, una ilusión que disfrutaba cada milésima de segundo. Aquella ruta era sencilla en sus inicios. Después de media hora de caminata llegaron a un enorme merendero que les dio la bienvenida. El momento perfecto para tomar un tentempié, descansar unos minutos, y comenzar el mágico recorrido que los llevaría a la Ruta del Beyu Pen. Desconocido para María, hacía las delicias de una niña de 7 años con la imaginación desbordada. Había arboles pintados por el artista Julián Bravo, creando seres de la mitología astur únicamente con elementos naturales. Encontraron al Busgosu, un ser semihumano cubierto de mofu —musgos—, las hadas del bosque, conocidas en el lugar como Xanas, los pequeños duendecillos, llamados Trasgus, o el Nuberu, que viaja con las nubes descargando tormentas y que representa la fuerza de la naturaleza. Una vez llegados al Bosque del Beyu Pen, el río que corría a su derecha acompañando el sendero precipitaba en una cascada bellísima que provocó la alegría de la niña.

Era un día especial para María y ese lugar hacía que esbozase una sonrisa en todo momento, haciendo que la niña olvidase el cansancio. Amaba el verde, el paraíso natural, su mágica Asturias, tal y como la habían acostumbrado desde que apenas comenzase a caminar, visitando y descubriendo lugares increíbles.

La familia Pérez llegó a un pequeño raso que les sirvió para detenerse un par de minutos a descansar. A pocos metros de ellos, un enorme tronco parecía decirles algo, pero fue la niña quien vio el socavón que tenía la parte inferior del árbol. Situado en una pequeña pendiente, le daba forma de falsa cueva que llamó su atención. María se acercó lentamente al agujero de poco más de un metro de diámetro.

  • ¡Mamá, una manzana!

Carlos miró hacia la niña, que permanecía inmóvil junto a la extraña parte trasera de aquel árbol repleto de musgos y se acercó a ella. Una mano agarraba una manzana blanquina, una variedad asturiana del fruto. El hombre movió las hojas secas que tapaban parte de aquella mano, que estaba a la entrada de aquel agujero. A priori ese hueco no parecía tener profundidad alguna, y, sin tiempo a reaccionar a lo que acababa de ver, presa de un pánico extremo soltó un grito ensordecedor.

  • ¡Sonia! ¡Saca a la niña de aquí!

El hombre comenzó a ponerse nervioso. La verdad que se ocultaba tras aquellas hojas secas, en el viejo agujero que hacía de planta -1 del milenario árbol casi sin vida, revelaba un cuerpo de mujer en un ligero estado de putrefacción. Torpemente sacó su teléfono móvil de la mochila e intentó hacer una llamada. Fue inútil. No había cobertura.

Una hora más tarde…

Comisaría de la Policía Municipal del concejo de Amieva.

Una llamada urgente a través del talkie alertó a los agentes locales Javi Bermúdez y Pelayo Salgado para que se dirigiesen a Beyu Pen. Allí una familia había encontrado lo que parecía ser un cadáver. Los compañeros se miraron atónitos. No entendían porque tenían que ser ellos los que tuviesen que ir a mirar algo así, habiendo Guardia Civil y Policía Nacional, que contaban con departamentos de homicidios o de personas desaparecidas.

La pareja de agentes vivía dando vueltas por los lugares del concejo, poniendo multas o parando turismos, algo a lo que se habían acostumbrado y en lo que no tenían demasiado interés. Después de años como compañeros, no hacían nada más allá de eso  y de escaparse varias veces al día para tomar cafés y leer periódicos en los chigres de la zona. Ana, la dueña del Bar Santi, los conocía demasiado bien desde hacía años y los había apodado en petit comité “los holgazanes”, agentes de la ley pagados con nuestros impuestos que no daban un palo al agua, gastando gasolina y no haciendo nada bueno por el municipio.

Aparcaron el coche a la entrada de la ruta del Beyu Pen tras 10 minutos de carrera en vehículo policial. Allí esperaba Carlos, el hombre que había dado el aviso.

  • Agentes, mi hija ha encontrado el cuerpo de una mujer enterrada en un árbol a más de media hora de aquí.
  • Relájese, caballero —respondió Pelayo—. ¿A qué altura? ¿Tiene alguna prueba? No son lugares sencillos para transitar y nuestro tiempo es oro.
  • ¿Se está oyendo? ¡Acabo de decirle que hay una mujer muerta!
  • Somos policía municipal, nosotros ponemos multas, no resolvemos muertes. Y sin pruebas no voy a hacer una llamada a los nacionales para informar de algo que no hemos podido ver.

Carlos no podía creer lo que estaba pasando. Había dado el aviso como un buen ciudadano, y este par de paletos le estaban poniendo trabas. Perdiendo los nervios increpó al agente que tenía delante:

  • ¿Es usted imbécil o se lo hace?

El agente Salgado, sin pensárselo dos veces, y ante la pasividad absoluta de su compañero, que apenas se inmutaba, sacó los grilletes del lado derecho del cinturón y empujando al hombre contra el coche patrulla, lo esposó, haciendo gala de su poder como agente municipal.

  • Resistencia a la autoridad. A tomar por culo.

Sonia gritó. Lo que había empezado siendo un domingo maravilloso en familia se había convertido en una pesadilla.  María lloraba abrazada a su madre. Carlos gritó a su mujer que se fuera a la comisaria de la Policía Nacional a denunciar los hechos, el hallazgo y el abuso de los agentes, mientras los locales lo metían en la parte trasera del coche patrulla, esposado y detenido, aún sin entender muy bien porqué.

Comisaría de Policía Nacional. Oviedo. 14:30h.

Silvia, de administración, llamó a la puerta del Comisario Mauleón.

  • Disculpe, comisario. Acabo de recibir una llamada del partido judicial de Cangas de Onís. Una familia ha encontrado un cadáver —leyó el papel que llevaba consigo— en Beyu Pen, en el concejo de Amieva. Mujer, unos 20 años de edad, a priori sin signos de violencia.
  • ¿Suicidio? ¿Y qué pintamos nosotros?
  • Llevaba una manzana en la mano.
  • Eso no responde a mi pregunta.
  • Iba vestida como Blancanieves. En un bolsillo de la falda había una nota escrita a ordenador. Se la leo: “El cuento acaba de empezar. Solo falta la antagonista de la historia. Inspectora Elena Carrasco, haga su trabajo y el cuento continuará.”

El comisario levantó la cabeza del periódico que tenía delante cuando oyó a su secretaria mencionar a la inspectora.

  • Entiendo. Un imbécil con ganas de fama. Llame a la inspectora Carrasco, mándela a mi despacho.
  • El único problema es que la inspectora Carrasco está de baja por maternidad, señor.
  • Me importa un huevo. Tendremos que saber qué tiene que ver Carrasco con un homicidio en Amieva. ¿Han dicho algo del juzgado?
  • Ha sido el mismo juez de instrucción el que se acaba de poner en contacto con nosotros, señor.
  • No es nuestra jurisdicción, pero llamando el juez no nos queda más remedio. Que venga Carrasco en el menor tiempo posible.
  • A sus órdenes, señor.

Silvia retrocedió dos pasos y cerró la puerta del comisario. Volvió a su mesa pensando que, una de dos, o el comisario vivía amargado, o simplemente era un ser sin educación. Puede que ambas cosas. La chica se sentó en su puesto y cogió el teléfono para hacer la llamada que lo desencadenaría todo.

15:23h.

Elena Carrasco se presentó en el despacho del comisario Mauleón con cara de querer estar en cualquier otro sitio menos allí.

Era una joven belleza pelirroja con unas pequitas en la nariz que no le gustaban nada. Elena se caracterizaba por ser una mujer discreta. Nacida en Barcelona, desde que era muy pequeña tuvo claro que de mayor quería ser policía y atrapar a los malos, algo que sus padres no entendían. Querían que ella fuese quien los enterrase a ellos, y no al revés.

Con los años consiguió su propósito, con excelentes notas tanto físicas como teóricas en la academia de la Policía Nacional, y con 20 años ya patrullaba las calles de Barcelona. Tenía claro que eso era solo el principio, quería llegar a ser comisaria.

En la actualidad, con 33 años, había encontrado al amor de su vida, Urko —también inspector en su misma comisaría—, con quien había tenido un hijo, Xabi, apenas un mes atrás. El precio no había sido demasiado alto. Tras pasar las pruebas para ser inspectora, sacó la plaza de inspectora en Oviedo. Ello supuso alejarse de su familia y de su gente, un sitio nuevo donde su vida volvería a latir desde cero. Allí conoció al inspector Ayestarán, guipuzcoano de nacimiento. Un hombre, como ella,  dedicado en cuerpo y alma al honor y el deber, habiendo también cumplido su sueño de tener un puesto en la comisaría de Oviedo como inspector.

  • Buenos días comisario, me han llamado con urgencia para presentarme ante usted.
  • Inspectora, siéntese.
  • Le recuerdo que estoy de baja, señor.
  • Pues tendremos que darte de alta hasta esclarecer qué está pasando.

Elena no había tenido una buena noche con el crio y no estaba de buen talante para aguantar tanto misterio.

  • ¿Qué está pasando dónde? ¿Con quién? Como comprenderá tengo mis derechos, mi hijo toma pecho…
  • No me cuente milongas, inspectora. Existen los biberones, y tiene suegros jubilados cerca.

Elena haciendo ademan de levantarse replicó:

  • No es lo mismo la madre que los abuelos.

El comisario Mauleón se levantó de su asiento y le espetó:

  • ¡Que se siente!

Bajando el tono y suavizando el volumen le pidió a su inspectora que le dejase explicar lo que había acontecido y porqué era tan importante su presencia allí.

La mujer hizo caso, y sin mediar palabra a pesar de la impotencia que acababa de sentir en aquel momento, se sentó frente al comisario.

  • Han encontrado a una mujer muerta —Mauleón sacó de una carpeta una serie de fotos impresas en no muy buena calidad que le habían entregado momentos antes—. 20 años, sin rasgos de violencia. En estos momentos están buscando más pruebas alrededor de la zona mientras es llevada a que le hagan la autopsia.

Algo en las fotos removió las entrañas de Elena, que se acercó a la mesa del comisario para revisar en detalle las imágenes.

  • ¿Aquí en Oviedo?
  • Amieva. Bosque de Beyu Pen.
  • Ese concejo pertenece íntegramente a la Guardia Civil y a la local. Policía Nacional se encarga de los concejos anexos.
  • Excepto —el comisario le enseñó otra fotografía con la nota, que se encontraba dentro de una bolsa de plástico transparente— cuando aparece algo así y el juez instructor exige su presencia.

Elena leyó la nota detenidamente, sorprendida por su contenido.

“El cuento acaba de empezar. Solo falta la antagonista de la historia. Inspectora Elena Carrasco. Haga su trabajo y el cuento continuará.”

  • ¿Y qué pinto yo en esto?
  • Tenemos que esperar a la autopsia, pero, fíjese bien, la chica vestida de Blancanieves, con una manzana a su lado. ¿Qué le parece?

Ella miro bien la imagen que le mostraba el comisario. ¿Envenenamiento?

  • Juraría que así es. Por pura lógica.
  • Entonces estamos hablando de un homicidio.
  • Y el asesino te quiere a ti, por el motivo que sea y que tienes que descubrir. Por eso estas aquí, la Guardia Civil está de acuerdo con que seamos la Policía Nacional quien lleve la investigación y el asesino nos está rogando que seas tú quien lo lidere.
  • ¿Desde cuándo se le da a un asesino lo que quiere?
  • Desde que hay una chica muerta con tu nombre en el bolsillo, previsiblemente asesinada. Te quiero operativa desde ya las 24 horas. Hiciste un juramento, y no sabemos cuántas vidas puede haber en peligro. El asesino quiere continuar el  cuento y  tú eres su antagonista.

———————————————————————

Novela en proyecto de Verkami. Para seguirlo y/o aportar como mecenas, con recompensas, os invito a hacer click en el siguiente enlace:

La Reina en el castillo de naipes — Verkami

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *