Hay personas para las que escribir no es una costumbre ni una etapa, sino una forma de estar en el mundo. Miguel Granda Cué lleva más de veintisiete años poniendo palabras a canciones y poemas, siempre con un cuaderno cerca —incluso de madrugada— por si aparece una idea que no puede esperar.
Asturiano, amante de la música, el cine de terror, la ciencia ficción y las historias que merecen ser rescatadas, ha participado en 78 canciones y en 2025 publicó Requiem aeternam, un poemario de 106 composiciones que recorre la pérdida, la memoria y la manera en que seguimos manteniendo vivos a quienes ya no están.
En esta conversación hablamos con él sobre su vocación, la figura de Ícaro, el paso de la poesía a la música, la memoria histórica y los próximos volúmenes de una trilogía que, deliberadamente, comenzó por el final. Miguel responde sin rodeos y con la misma cercanía con la que entiende la escritura: como algo que acompaña, recuerda y permanece.
Miguel, antes de hablar de tus poemas y de los más de veintisiete años que llevas escribiendo canciones, nos gustaría conocer al hombre que hay detrás de todo ello. Sabemos que disfrutas de la montaña, la fotografía, el cine de terror y la ciencia ficción. ¿Cómo eres en tu día a día y qué actividades consiguen que te olvides durante unas horas de los versos y los proyectos pendientes?
Hace unos días que se cumplieron esos 27 años como compositor y letrista, y parece que fue ayer cuando empecé. La montaña y la fotografía las tengo un poco abandonadas, entre otras cosas, por enfermedad y dejadez. En mi día a día hago lo que cualquier persona: limpiar, cocinar, hacer la compra… y, en mis ratos libres, escribo. Es algo que no suelo dejar de lado. Tengo un bloc de notas en cada rincón de casa para apuntar de inmediato lo que me surja. Hasta me puedo levantar a las tres de la madrugada a escribir algo que estaba recitando en mi cabeza antes de que se me olvide. Tengo una pasión a tiempo completo por la poesía: poco vocabulario que diga más de lo que puedo expresar con palabras. Mi proyecto más inmediato es el siguiente libro de la trilogía, Memento mori. También quiero intentar crear una novela o un relato largo a partir de una historia que me tiene atrapado, pero no me atrevo demasiado porque no estoy acostumbrado a escribir fuera de la poesía.
Tu vida está profundamente vinculada a Asturias. ¿Cómo recuerdas tu infancia y qué papel desempeñaron los libros y la música durante aquellos años? ¿Hubo alguna experiencia que despertara especialmente tu imaginación?
Antes de entrar en el instituto me gustaba escribir, pero fue allí donde me apasioné por la poesía de la mano de un profesor de la Fundación Masaveu, Isauro García Ramos. Me inculcó todo lo necesario para dedicarme plenamente a aquella pasión creciente. Resolvió todas mis dudas sobre la poesía y, a partir de ahí, creé mi propio estilo.
Comenzaste a escribir letras para grupos musicales en octubre de 1999. Han pasado más de veintisiete años desde entonces. ¿Recuerdas aquella primera canción y la sensación de escuchar tus propias palabras interpretadas por otros músicos? ¿En qué momento comprendiste que escribir podía convertirse en una parte tan importante de tu vida?
Recuerdo aquella primera letra como si fuera hoy: cómo llegó el contacto con el grupo y cómo se fue formalizando todo. Siempre me tomé la actividad como un hobby y no como algo que me cambiaría la vida. Para eso hay que tener muchos contactos y un toque de suerte.
Has compuesto letras para estilos muy diferentes, desde el pop hasta el rock y el heavy metal. Cada género tiene sus propios ritmos, códigos y maneras de transmitir emociones. ¿Cómo cambia tu forma de escribir dependiendo del grupo para el que trabajas? ¿Hay algún estilo en el que te sientas especialmente cómodo o que te permita expresarte con mayor libertad?
Incluso escribí una letra para un grupo punk, titulada en principio Bon appétit. La manera de escribir para un género musical u otro cambia sobre todo en las frases, más largas o más cortas. Me encanta escribir letras para grupos de metal: contar en cada verso un tramo completo de una historia y no a trozos, como se suele hacer en el rock. También influye mucho si me dejan escribir sobre lo que yo quiera o si debo ceñirme a lo que me diga el grupo.
A lo largo de tu carrera has escrito decenas de letras y colaborado con numerosos músicos. Imaginamos que detrás de algunas canciones hay historias que el público desconoce. ¿Hay alguna composición de la que te sientas especialmente orgulloso, no necesariamente por su éxito, sino por lo que significó personalmente para ti?
Hasta ahora he participado en 78 canciones de las que estoy muy orgulloso, por supuesto. Unas me gustan más que otras, según cómo hayan quedado. Tengo una letra que tardé once años en incluir en una canción: El sueño de Ícaro, para el grupo asturiano Eden. No quería modificarla ni lo más mínimo por el impacto personal que tiene en mí. Hay muchas más, pero esa se lleva la corona.
En tu web utilizas el nombre de Ícaro y, entre tus proyectos musicales, figura una trilogía de canciones inspirada en este personaje mitológico e interpretada por tres grupos diferentes. ¿De dónde nace tu fascinación por Ícaro? ¿Qué encuentras en su historia sobre la ambición, los límites humanos y las consecuencias de perseguir nuestros sueños?
La leyenda de Ícaro me fascina por ese hombre alado que hace lo imposible por resistir y enfrentarse al mundo, aun sabiendo que puede perder la vida, sin que eso lo eche atrás en ningún momento. Fabrica unas alas caseras y se echa a volar, evitando acercarse al sol para no caer y alejarse de la bruma del agua para no mojar las alas y poder levantar el vuelo.
Siempre has mantenido una relación muy estrecha entre música y poesía. Sin embargo, escribir una letra destinada a convertirse en canción no es exactamente lo mismo que crear un poema pensado para ser leído. ¿Qué diferencias encuentras entre ambos procesos y cómo sabes cuándo un texto necesita música y cuándo funciona mejor por sí solo?
Hay gente que cree que la poesía es algo sencillo, pero no lo es. El poema tiene que gustarme a mí primero; después queda retocarlo pensando en los lectores, cada uno con su estilo. Todo poema puede musicalizarse, aunque a veces haya que adaptarlo dependiendo del estilo de música. Una letra para una canción, sin música, ya es un poema.
En 2025 publicaste Requiem aeternam, tu primer poemario, pero tomaste una decisión bastante sorprendente: comenzar una trilogía por su último volumen. Los otros dos estarán dedicados al nacimiento y a la vida, mientras que este aborda la muerte y la despedida. ¿Por qué necesitabas empezar precisamente por el final y qué significado tiene ese orden para ti?
Te voy a dar dos explicaciones bien sencillas: fue lo primero que recopilé entre todo lo que llevo escrito durante estos 27 años y, por otro lado, al final de la vida soy de los que creen que hay una puerta que te lleva a empezar una nueva, donde, de alguna manera, tienes la oportunidad de corregir tus errores.
La expresión latina Requiem aeternam nos remite al descanso eterno, pero tu libro también habla de quienes permanecen aquí después de una pérdida. ¿Qué te interesaba explorar especialmente: el miedo a la muerte, el dolor de la ausencia o la manera en que seguimos relacionándonos con las personas que ya no están?
Yo, al menos, no tengo miedo a la muerte, porque llega cuando menos te lo esperas. Sí tengo miedo al dolor por la ausencia, pero no a perder a alguien, porque en mí nadie muere hasta que no se le olvida. Despierto cada día pensando en toda la gente que ya no está entre nosotros, y eso los mantiene vivos.
El poemario reúne 106 composiciones escritas a lo largo de unos veinticinco años, muchas de ellas revisadas para su publicación. ¿Cómo fue reencontrarte con textos que pertenecían a etapas tan diferentes de tu vida? ¿Hubo algún poema que, al volver a leerlo, te sorprendiera por lo mucho que había cambiado tu manera de entender aquello que escribiste?
Desde que empecé a escribir hasta después de mi paso por el instituto hubo un cambio drástico. Pensé en no incluir aquellos primeros poemas, pero alguien me dijo que a alguna persona le gustarían, y así ha sido.
Entre los poemas de Requiem aeternam encontramos homenajes a personas muy importantes para ti: tus padres, amigos fallecidos e incluso tu abuela paterna, que vendía madreñas en el Fontán y a la que no llegaste a conocer. ¿Cómo abordas la escritura de una historia familiar cuando solo puedes reconstruirla a través de recuerdos ajenos? ¿Qué has descubierto sobre tu propia familia durante ese proceso?
Tengo en casa una foto del quincuagésimo aniversario de boda de mis abuelos y solamente falto yo, que nací unos meses después. Mi abuela apareció en una fotografía de un libro que hablaba de Asturias, allá por los años cincuenta. Sé lo suficiente para escribir bastante sobre su vida. Necesitaba, y necesito, incluir a todos los familiares que tuvieron una historia auténtica que debe ser contada.
Tu libro aborda asuntos tan delicados como el bullying, las adicciones, las enfermedades terminales, la ansiedad o la depresión. Son realidades que afectan a muchas personas, pero sobre las que no siempre resulta sencillo escribir con sensibilidad. ¿Qué responsabilidad sientes cuando decides convertir una experiencia dolorosa en poesía? ¿Cómo evitas que el mensaje termine imponiéndose sobre la emoción y la calidad literaria?
Es un aspecto que inquieta a todo el mundo, porque lo ha vivido en su propia piel o conoce a alguien que lo está sufriendo o lo ha sufrido. Es algo que les toca, y muchas personas sueltan lágrimas cuando me oyen hablar de ello.
Una de las historias más especiales vinculadas a tu poemario es la de Emilia Fernández Cueli, una de las niñas evacuadas desde Asturias hacia la Unión Soviética durante la Guerra Civil. ¿Cómo conociste su historia y qué fue lo que más te impresionó de aquella vida marcada por el exilio y por un regreso que tardó décadas en producirse?
En principio, la letra hablaba de los niños de la guerra, pero una amiga me dijo que su abuela había sido una de ellos. Adapté la letra a su vida y así se mantiene viva su luz. Es una historia muy dura, pero preciosa.
La historia de Emilia también inspiró Al final…, una canción interpretada por el grupo asturiano Victoria. En este proyecto se unen poesía, música y memoria histórica. ¿Cómo fue trabajar con los músicos para transformar una historia real en canción? ¿Qué sentiste cuando escuchaste terminada una composición que había recorrido un camino tan largo desde su primera idea?
Al grupo ya lo conocía desde hacía años, cuando intentamos hacer otras canciones. Trabajar con ellos cada semana y ver prosperar aquella canción es algo que hay que vivir. Les estoy muy agradecido.
La edición especial de Requiem aeternam incluye un poema traducido a más de veinte idiomas, lenguas y variantes lingüísticas. Es una iniciativa poco habitual para un primer poemario. ¿Cómo surgió esa propuesta y qué buscabas transmitir al llevar una historia relacionada con el exilio y la memoria más allá de nuestras fronteras?
Me dijeron que debía hacer algo especial para mi comienzo como escritor. Surgió la idea de traducir el poema original a veinte idiomas, lenguas, dialectos y variantes, y musicalizarlo. Después se nos ocurrió hacer un humilde videoclip, que proyecto en todas mis presentaciones.
Tu página web, Memorias de un destierro, reúne poemas y letras de canciones, pero también artículos sobre la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y otros episodios históricos. ¿De dónde nace tu interés por rescatar estas historias? ¿Cómo seleccionas los acontecimientos y testimonios sobre los que escribes, y qué importancia tiene para ti distinguir entre la documentación histórica y la interpretación literaria?
Mi web la tengo un poco abandonada; no me da la vida para tantas cosas como debo hacer. La Guerra Civil es un pasaje de nuestra historia que deberíamos conocer todos, sobre todo ahora que algunos chavales se inventan que con Franco se vivía mejor. Deberían haber vivido aquella época una semana, al menos.
Has planteado las presentaciones de Requiem aeternam como encuentros en los que la literatura comparte protagonismo con la música en directo, contando incluso con colaboradores como la soprano Tina Gutiérrez. ¿Qué aporta ese formato a la experiencia del público? ¿Has vivido algún momento especialmente emocionante durante una presentación o un recital que te haya hecho comprender hasta dónde pueden llegar tus palabras?
A Tina Gutiérrez la conocí hace mucho, cuando ella cantaba una de mis letras sin que yo lo supiera. Me dicen a menudo que lo que hago en mis presentaciones no suele hacerlo nadie. Lo que más me encanta es cuando empiezan a levantarse manos para preguntarme cosas sobre el libro o el videoclip. Es entonces cuando veo que interesa lo que he escrito.
Ahora que Requiem aeternam está publicado y ha comenzado a recorrer distintos encuentros literarios, nos gustaría conocer qué viene después. ¿En qué situación se encuentran los otros dos volúmenes de la trilogía? ¿Sigues trabajando en nuevas canciones o colaboraciones musicales? ¿Qué proyectos te gustaría desarrollar en los próximos años?
Espero tener listo el próximo volumen a principios de año. Seguiré con la misma editorial, ya que me publicó un libro de poesía de 400 páginas, algo que no se suele ver. El próximo tiene unas 600, así que espero que no me pongan pegas de ningún tipo; de lo contrario, lo tendré complicado. Sigo componiendo y colaborando con grupos. Estoy a la espera de que Jafdragon Tale’s saque su versión musicalizada del poema y un pequeño videoclip. Para el siguiente libro ya tengo, al menos, un plan para dar vida a un poema sobre Federico García Lorca.
Para terminar, volvamos a Miguel, dejando a un lado las publicaciones, los conciertos y los manuscritos. Has dedicado buena parte de tu vida a escribir sobre el amor, las ausencias, la memoria y el paso del tiempo. Después de tantos años escuchando y contando historias, ¿qué cosas has aprendido a valorar más? ¿Qué sueños personales te quedan por cumplir y qué te gustaría que encontraran tus seres queridos en tus palabras dentro de muchos años?
El amor es algo que no suelo tocar mucho, porque muchos lo utilizan en sus versos. No quiero ser igual que los demás. He aprendido a valorar a la gente que dice que le encanta leer mis poemas sabiendo que se ha leído el libro de principio a fin, y que lo demuestra. Hay y habrá poemas que se mantendrán ahí para personas a las que tengo cariño y respeto, como mi hermana y mi cuñado, algún amigo… Inmortalizados en un poema y, a veces, en una canción.
Gracias, Miguel, por compartir con tanta cercanía tu trayectoria, las historias que sostienen tus poemas y esa forma tan personal de mantener viva la memoria a través de la palabra y la música.
