La sinfonía silenciosa: cuando un violín guarda más que música

Noemí Jovellanos y Rober Ortega-Ledesma junto a la portada de La sinfonía silenciosa

Hoy quiero detenerme en La sinfonía silenciosa, una novela que he escrito junto a Rober Ortega-Ledesma y en la que reunimos algunas de las cosas que más nos atraen al contar una historia: el misterio, la música, Asturias y ese punto en el que una explicación racional empieza a quedarse corta.

La historia comienza en un pequeño taller del casco histórico de Oviedo. Allí trabaja Silvia Fernández, restauradora, una mujer meticulosa que prefiere el silencio mientras devuelve la vida a violines, violas y arcos que han pasado por demasiadas manos.

Una mañana recibe un encargo excepcional: examinar un Stradivarius de 1715. Bajo el barniz y las huellas de tres siglos descubre unas marcas microscópicas. Parecen simples arañazos hasta que Silvia consigue leerlas. Son coordenadas y conducen a Cudillero. Lo que encuentra allí convierte el violín en la primera pieza de una investigación mucho más oscura.

Silvia, una protagonista que escucha los colores

Silvia vive con sinestesia. Para ella, una nota puede ser verde como el musgo, blanca como una línea metálica o azul como la tinta dentro del agua. La música no llega únicamente a través del oído. También tiene forma, color y temperatura.

Queríamos que esa manera de percibir el mundo fuese parte esencial de la investigación y, al mismo tiempo, algo íntimo. Silvia no posee un poder que pueda encender y apagar cuando le conviene. Su percepción la ayuda a detectar detalles que otros pasarían por alto, pero también la obliga a dudar de lo que ve y de lo que siente.

Su relación con los instrumentos está unida además a una ausencia que la acompaña desde niña. Su madre, violinista, desapareció en Gijón cuando Silvia tenía doce años. El Stradivarius no tarda en acercarla a aquel recuerdo y a preguntas que su familia lleva demasiado tiempo evitando.

Un violín convertido en mapa

Las coordenadas ocultas en la madera conducen a escenarios distintos y a una serie de muertes marcadas por un mismo símbolo: una clave de sol invertida. Rodrigo, guardia civil encargado del caso, comprende que alguien está construyendo un recorrido y que Silvia ha sido elegida para seguirlo.

A partir de ahí, el violín deja de ser solamente una pieza de valor incalculable. Funciona como archivo, mapa y mensaje. Cada marca obliga a mirar de nuevo la historia del instrumento, las personas que lo tocaron y todo lo que pudo quedar atrapado en su madera.

La investigación avanza entre coleccionistas, secretos familiares, lugares abandonados y una presencia vinculada a la mitología asturiana. La parte sobrenatural crece poco a poco, siempre ligada a la música, a los sueños y a la memoria de quienes desaparecieron sin poder contar lo que les ocurrió.

Asturias como una partitura

Asturias vuelve a tener un peso muy importante en la novela. Oviedo es el punto de partida, con su piedra húmeda, la Catedral y el taller de Silvia escondido en una calle del casco antiguo. Después, la investigación atraviesa Cudillero, Luarca, Beleño, Cangas de Onís y Gijón.

Cada lugar aporta un tono distinto. La costa tiene el frío del salitre y de las casas que parecen guardar voces. El interior conduce hacia bosques, monasterios y carreteras donde la niebla borra las distancias. Incluso el Teatro Jovellanos termina formando parte de una historia en la que la música y el silencio llevan años enfrentándose.

Nos interesaba que el paisaje no funcionara como un decorado. Asturias debía acompañar a Silvia, estrechar el misterio y hacer que lo antiguo siguiera respirando debajo de lo cotidiano.

Una historia que esperaba su momento

El punto de partida de La sinfonía silenciosa llevaba tiempo en el «fondo de armario» de Rober. Era una de esas ideas que se guardan porque contienen algo especial, aunque todavía no haya llegado el momento de convertirlas en una novela completa.

La base era un thriller fantástico construido alrededor de un violín antiguo, unas coordenadas ocultas y una protagonista capaz de percibir la música como colores. Había misterio, peligro y una atmósfera muy potente. Cuando decidimos recuperarla, quisimos darle también ritmo, investigación y acción, sin que la parte fantástica se comiera a los personajes.

Nos importaba que, detrás de todo lo que sucede, existiera una trama entrañable y melodramática en el mejor sentido de la palabra. Una historia sobre una hija que necesita comprender la desaparición de su madre, sobre los vínculos que nacen en medio del peligro y sobre la forma en que ciertas pérdidas continúan resonando muchos años después.

Escribir La sinfonía silenciosa con Rober

Escribir a cuatro manos obliga a escuchar de una forma distinta. Hay que compartir personajes, aceptar que una escena puede tomar un camino inesperado y aprender a reconocer cuándo la idea del otro mejora aquello que uno tenía en la cabeza. En una novela tan relacionada con la música, esa manera de trabajar terminó teniendo mucho sentido.

Rober y yo queríamos construir un thriller que avanzara con ritmo, pero que conservara una parte emocional. Detrás de las coordenadas, los asesinatos y el elemento sobrenatural está la historia de una hija que nunca pudo despedirse de su madre y que ha organizado su vida alrededor de esa ausencia.

El título habla precisamente de todo aquello que permanece aunque nadie lo nombre. Los secretos familiares, las pérdidas, las melodías que seguimos recordando y las voces que esperan una oportunidad para ser escuchadas.

Una historia para quienes disfrutan del misterio

La sinfonía silenciosa mezcla thriller, investigación, misterio sobrenatural y mitología asturiana. También habla de la memoria, del duelo y de nuestra necesidad de impedir que desaparezca aquello que amamos.

La novela ya está disponible en Amazon en formato digital y en papel.

Espero que os animéis a entrar en el taller de Silvia, seguir las primeras coordenadas y descubrir qué puede guardar un violín después de trescientos años de silencio.

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