David Blanka ha construido una trayectoria difícil de encerrar en una sola palabra. Actor asturiano, actor de doblaje, locutor, productor, guionista, director y docente, ha desarrollado su carrera entre el escenario, la cámara, el estudio de grabación y los espacios en los que nacen los proyectos antes de llegar al público.
Su trabajo incluye producciones como La que se avecina, El Ministerio del Tiempo, Servir y proteger, La línea invisible, Asuntos internos, Ane y Maixabel. Formado en Asturias, Madrid y Londres, también es vicepresidente y secretario general de la Academia del Cine Asturiano, desde donde participa activamente en la construcción y defensa del sector audiovisual de la región.
En esta entrevista, David Blanka habla sin idealizaciones del oficio interpretativo: la formación, los castings, la precariedad, la velocidad de la televisión, el valor de los personajes breves y la necesidad de sostener una carrera que se parece mucho más a una prueba de resistencia que a una sucesión de estrenos.
Tu trayectoria pasa por teatro, cine, televisión, locución, doblaje, producción y guion. ¿Hay alguna de esas facetas que sientas como el verdadero centro de tu carrera o necesitas precisamente moverte entre todas?
—Todas forman, al final, parte de cómo soy y de cómo voy evolucionando como persona y como artista. Si hace cinco años me preguntases si me veía dirigiendo o escribiendo el guion de un proyecto, te habría dicho que no. Ahora, sin embargo, es una parcela en la que me siento cómodo y que me gusta explorar cada vez más, sobre todo en el ámbito teatral. Son hábitats diferentes que, aunque estén relacionados, exigen formas muy distintas de abordar el trabajo. Me siento cómodo y realizado en todos ellos.
Te formaste en Asturias, Madrid y Londres, además de trabajar disciplinas como clown y contact. ¿Qué aprendizaje de toda esa formación sigue apareciendo hoy en tu trabajo aunque el espectador no pueda verlo?
—Realmente, la formación de un actor, al menos según mi experiencia personal, va modificándose con el tiempo hasta crear un espacio de trabajo mucho más personalizado y adaptado a tus necesidades. Las técnicas son el potenciador de todo, pero, con los años, el actor adapta las herramientas que ha aprendido a su contexto actual en lugar de seguir una doctrina férrea. De todo lo que he aprendido quedan muchas cosas en mí. Otras han sido sustituidas, pero es el proceso natural de la vida, como en cualquier otro trabajo.
Has defendido en alguna ocasión que la diferencia entre un buen y un mal actor está, en gran parte, en la formación. ¿Qué crees que se subestima todavía del oficio interpretativo?
—La formación está absolutamente subestimada en esta profesión. Que un actor sea quien mejor se haya formado no significa que sea quien más trabaje. Hay personas con una formación excelente que se las ven y se las desean para conseguir un papel, aunque sea en un teatro alternativo o en un cortometraje de estudiantes de cine.
—En líneas generales, y no solo en el mundo artístico, el nivel de exigencia y de calidad ha ido disminuyendo. Aunque en la respuesta anterior decía que la formación se adapta al contexto diario y que no existe una técnica que haya que seguir como una doctrina de fe —al menos esa es mi opinión personal, habrá quien diga lo contrario y es respetable—, resulta imprescindible que un actor posea unos conocimientos mínimos para saber gestionar las emociones y controlar su cuerpo y su voz.
—Siempre pongo un ejemplo muy extremo, pero que viene que ni pintado: ¿alguien se atrevería a dejar a un familiar o a un ser querido en manos de una persona que jamás ha pisado un quirófano ni tiene formación en cirugía? Creo que la respuesta está clara.
¿Qué cambia realmente en tu manera de construir un personaje cuando pasas del escenario a una cámara situada a pocos centímetros?
—La forma de trabajo diría que es la misma. Enfoco los personajes de la misma manera al prepararlos, independientemente de cuál sea el medio. Tan solo cambia cómo los abordas en el espacio de trabajo. En el teatro las dimensiones son mayores y tienes que llegar a una persona que esté al fondo del patio de butacas o en el gallinero. En el cine, sin embargo, los espacios son más reducidos y exigen una energía diferente. Es una cuestión de dosificar la gestualidad y la energía.
Después de tantos años trabajando como actor, ¿hay algo que antes intentabas controlar demasiado y que ahora has aprendido a dejar suceder?
—Buena pregunta. Hace años vivía con la frustración de no poder controlar las decisiones que una persona o un grupo podían tomar respecto a si encajabas o no en un personaje o un proyecto. Con el tiempo y la experiencia comprendes que no puedes controlar aquello que está fuera de tu alcance y que, además, resulta completamente subjetivo en muchos momentos.
—Esto no es una oposición a un puesto de funcionario en la que, si reúnes determinados puntos, puedes acceder al puesto si apruebas el examen y obtienes la nota necesaria. Aquí los factores son otros y muchas veces dependen de decisiones completamente ajenas a tu trabajo. Trabajar al otro lado, en producción, me ayudó a entenderlo de una forma más clara.
Has participado en producciones como La que se avecina, El Ministerio del Tiempo, Servir y proteger, La línea invisible, Asuntos internos, Ane o Maixabel. ¿Qué te hace aceptar un personaje cuando sabes que quizá tendrá poco tiempo en pantalla pero puede dejar huella?
—En la vida de un actor, algunas veces tienes la capacidad de escoger personajes y otras te aferras a lo que venga porque, al final, es un trabajo y hay que comer [ríe]. Lo más importante de cada uno de los personajes que he interpretado y que interpreto actualmente es que tenga algo de mí, aunque sea una persona completamente alejada de mis valores o circunstancias. Intento acercarlo todo lo posible a mí y darle una dimensión personal.
—Luego están el director o la directora, que te guían y te conducen, pero tú ya les muestras tus capas. Y nunca hay personajes pequeños. Todo personaje escrito, aunque disponga de poco tiempo en pantalla o en el escenario, está ahí por una razón y tiene que brillar de la misma forma que un protagonista o un secundario.
¿Hay algún trabajo de tu filmografía que consideres especialmente importante para entender al actor que eres hoy?
—Me quedaría con todos. Cada personaje te aporta algo a nivel personal y de conocimiento, y te permite crecer como intérprete. En la profesión se suele decir que «vales lo que vale tu último trabajo». Puede que en alguna ocasión sea cierto y en otras no. Hay trabajos que, pasado el tiempo, siguen perdurando y marcando tu vida.
En televisión se trabaja muchas veces con ritmos muy exigentes. ¿Qué herramientas necesita un actor para llegar rápido a un personaje sin convertirlo en algo superficial?
—La herramienta fundamental es llevar muy claras tus propuestas. En algunas ocasiones has tenido tiempo de hablar con el equipo de dirección y conocer el tono que puede tener la serie. En otras, todo juega en tu contra porque te llaman con poca antelación, tienes que resolver una escena compleja y apenas hay tiempo para ensayar. La capacidad de dudar no está permitida.
—Resulta fundamental trabajar como un actor dispuesto a recibir indicaciones y cambiar sobre la marcha. Sobre todo en televisión, también necesitas llevar de casa una propuesta lo suficientemente sólida como para ayudar al equipo de dirección. A veces, un actor episódico que solo acude durante una jornada puede resultar más problemático porque debe adaptarse a una velocidad relámpago al ritmo de un equipo que, en muchas ocasiones, lleva semanas o meses trabajando junto.
También has trabajado como actor de doblaje y locutor. Cuando solo dispones de la voz, ¿qué recursos interpretativos cobran una importancia que quizá pasa inadvertida delante de una cámara?
—En el doblaje, la escucha y la observación del actor al que estás prestando tu voz son fundamentales. Debes escuchar su tono, su manera de enfatizar las frases e incluso la forma en la que mira a su compañero. También es verdad que, en mi caso, no percibo tanta diferencia. Interpretar es interpretar en cualquier ámbito. En el doblaje necesitas vocalizar lo máximo posible porque el sonido tiene sus particularidades, pero para mí la mecánica de trabajo es la misma en ese sentido.
¿El trabajo de doblaje te ha hecho escuchar de otra manera tu propia voz cuando actúas en cine o teatro?
—Me ha ayudado a diferenciar los estilos. La locución funciona con un código y las demás disciplinas con otro.
Además de interpretar, has trabajado como productor. ¿Cambió tu manera de comportarte en un rodaje cuando empezaste a conocer también todo lo que ocurre detrás de la cámara?
—Más que cambiar mi modo de trabajar en el set de rodaje, cambió mi manera de entender cómo funciona la industria. Como actor, muchas veces no comprendes las decisiones que se toman respecto a tu trabajo y que, en la mayoría de los casos, no obedecen a tu calidad como intérprete ni a que seas o no adecuado para el personaje. El mundo de la producción es muy complejo, con muchas voces opinando y unas reglas del juego que van condicionando la partida.
Has ejercido también como docente de interpretación. ¿Qué aprende un profesor de sus alumnos que después termina llevándose a su propio trabajo como actor?
—La docencia es una vía de escape y una manera de reencontrarte con partes de ti como intérprete que quizá tienes más oxidadas. Además, te permite entregar a otra persona todos los conocimientos que has adquirido por tu cuenta a lo largo de los años como profesional y ayudarla a dar los pasos adecuados en su carrera.
—No todo se aprende en la escuela. Hay una parte importante del oficio, como sucede en cualquier otra profesión, que se aprende trabajando y a base de prueba y error. Creo que compartir todo ese conocimiento con el alumno es positivo.
Cuando preparas a alguien para actuar ante una cámara o enfrentarse a un casting, ¿qué error encuentras con más frecuencia incluso en actores con buena formación?
—Quizá el error más común, y que puede sucedernos a todos en algún momento, sea buscar un resultado inmediato. Es importante disfrutar del proceso. Un casting no determina si eres buen o mal actor. Existen condicionantes que juegan en tu contra: no conoces al cien por cien la historia del personaje, puede que no sepas el tono del proyecto ni quién lo dirige… También depende de cuándo te toque hacerlo, de tu estado de ánimo y de tu nivel de energía.
—Después de años en esto, creo que se necesita cierto porcentaje de suerte. Pero también es importante seguir manteniéndote ahí, trabajando a pico y pala.
¿Crees que actualmente existe demasiada presión por obtener visibilidad rápidamente y demasiado poca paciencia para construir una carrera interpretativa a largo plazo?
—Es un problema de la sociedad más que de la propia profesión. Todo avanza a un ritmo vertiginoso y existen tantos estímulos que ni siquiera se te permite aburrirte. Los jóvenes son quienes más lo sufren. Apenas entienden el concepto de vivir sin prisa y que todo va más despacio de lo que parece.
—Una profesión como la de actor es una carrera de fondo. Nadie te garantiza el éxito, si entendemos por éxito hacer series y películas sin parar, porque el éxito es relativo para cada persona. Debes estar preparado tanto para los periodos de trabajo continuado como para los parones largos.
Después de haber trabajado en distintos ámbitos del audiovisual, ¿qué parte de esta profesión crees que el público conoce peor?
—El público desconoce los entresijos y la cara B de este oficio. Creo que muchas personas se quedan con la imagen de postal, pero detrás hay profesionales que pasan años sin trabajar, acuden a entregas de premios mientras cobran un subsidio de desempleo porque no los llaman o compaginan dos y tres trabajos para poder vivir. Por eso creo que es una profesión dura, terriblemente vocacional, y que necesitas una pasión desmedida para seguir dedicándote a ella.
Eres vicepresidente y secretario general de la Academia del Cine Asturiano. Desde esa posición, ¿cuál dirías que es actualmente la mayor fortaleza del audiovisual asturiano?
—La fortaleza del audiovisual asturiano es su buen nivel de profesionales y unos platós naturales increíbles. Tenemos playa y montaña a un paso, y tres núcleos de población importantes —Oviedo, Gijón y Avilés— conectados entre sí por trayectos de unos veinticinco minutos de media. No son datos en absoluto minúsculos si los comparas con las distancias que muchas veces existen entre distintas zonas de Madrid o Barcelona.
Y, al contrario, ¿qué necesita todavía Asturias para que sus profesionales no tengan que marcharse necesariamente fuera para desarrollar una carrera estable?
—Desde mi punto de vista, Asturias necesita una red potente de ayudas al audiovisual que permita hacer crecer la industria y asentar a los profesionales del sector. No se puede pretender hacer cine a coste cero. Cuanto más sólido sea el tejido de profesionales y producciones, más fácil resultará para todos asentar su vida en la región sin tener que marcharse fuera.
En los últimos años Asturias ha ganado presencia como territorio de rodajes y también han surgido nuevas producciones y profesionales. ¿Estamos viviendo un crecimiento estructural o todavía dependemos demasiado de proyectos aislados?
—Es positivo que aumenten los proyectos que se ruedan aquí, pero también es importante hacer fuerza para que se cuente con los profesionales de Asturias y su participación no quede reducida a un papel residual. Creo que se están dando pequeños pasos hacia esa estructura, aunque todo termina dependiendo de la voluntad política.
Has desarrollado buena parte de tu carrera entre Asturias y otros lugares. ¿Qué te gustaría que cambiara en los próximos diez años para que hablar de «cine asturiano» dejara de implicar necesariamente una industria pequeña?
—Si me centro en el terreno de los actores, me gustaría que pudiéramos hablar de proyectos en los que se tuviera en cuenta al intérprete asturiano, que hubiera más personajes de origen asturiano y que se fuese creando una cantera estable.
Después de actuar, producir, escribir, enseñar y participar en la construcción institucional del sector, ¿qué parte de tu carrera sientes que todavía te queda por conquistar?
—Realmente, ahora mismo no tengo nada que diga que me falta. Creo que todo ha ido apareciendo a lo largo de mi vida según las circunstancias. Hace cinco años habría dicho que nunca dirigiría nada porque me parecía muy complejo. Ahora, sin embargo, trabajo en varios proyectos de teatro para dirigir e incluso en la elaboración de un guion.
—Todo lo que aparece por sorpresa en una profesión como la nuestra es positivo y debe servir para que te des cuenta de cuánto has crecido y de los pasos que has dado. A estas alturas de mi vida estoy en una fase en la que quiero disfrutar de lo que venga, estar tranquilo y en paz, y dar las gracias por poder dedicarme al oficio que más me gusta. Lo que suceda de aquí a un tiempo ya se verá.
Una carrera hecha de muchos escenarios
La trayectoria de David Blanka demuestra que la interpretación no termina cuando se apagan los focos. También se construye en una sala de ensayo, ante un micrófono, detrás de una cámara, en un aula y en las conversaciones que ayudan a levantar una industria.
Su mirada reúne las dos caras del oficio: la vocación y la incertidumbre, el placer de crear y la imposibilidad de controlar muchas de las decisiones que determinan una carrera. Entre ambas permanecen la formación, el trabajo y la capacidad de adaptarse sin perder una voz propia.
Ahora, mientras prepara nuevos proyectos teatrales de dirección y escritura, afronta lo que llegue con una idea sencilla: disfrutar del camino, agradecer que puede dedicarse al oficio y seguir creciendo dentro de él.
