Un anticipo de la novela
Lee el prólogo
de Ayalga
Las montañas guardaron la herida durante siglos. Ha llegado el momento de abrir la primera puerta.
Llevo semanas enseñándoos criaturas, hablando de la edición y tratando de explicar qué significa Ayalga para mí. Me faltaba lo importante: dejaros leerla.
Así que hoy abro una de sus puertas y comparto el prólogo completo, «La herida». Aquí nació el conflicto que atraviesa toda la novela: una tierra compartida, dos dioses incapaces de entenderla del mismo modo y una esfera que debía permanecer cerrada.
No quiero contaros más. Prefiero que entréis sin mapa y escuchéis cómo respira la montaña.
Prólogo
La herida
Cuando los hombres aún no sabían que no estaban solos, las montañas tenían puertas.
Las puertas nunca respondían a manos humanas. Algunas aparecían después de la lluvia, en la pared de una cueva donde el día anterior solo había roca. Otras se ocultaban en fuentes que reflejaban un cielo distinto, aunque alrededor no hubiera una sola nube. Quien cruzaba podía volver al cabo de unas horas y descubrir que sus hijos ya tenían el pelo blanco. También podía no regresar. Los humanos aprendieron a dejar comida junto a las entradas y a apartarse cuando el agua cambiaba de voz.
Aquella tierra era compartida y nadie la gobernaba por completo.
En los bosques había criaturas más antiguas que los caminos. Bajo los poblados trabajaban seres capaces de escuchar las vetas del metal antes de que una herramienta las alcanzara. Los dioses no vivían lejos. Una tormenta podía nacer de una disputa, y una cosecha arruinada, del descuido de alguien demasiado poderoso para mirar hacia abajo.
Cernunnos sostenía que la vida debía continuar unida, incluso cuando esa unión causaba dolor. Había visto crecer raíces entre cadáveres, ciervos beber en ríos donde antes corrió la sangre y hombres levantar otra casa sobre las piedras de la que habían perdido. La injusticia y la suciedad formaban parte de una tierra que seguía viva, y eso bastaba.
Taranis contemplaba la misma tierra y encontraba una estructura enferma.
Había llegado a esa certeza después de siglos de guerras que comenzaban por una fuente y terminaban alterando el cauce de tres ríos. Los humanos culpaban a los seres, los seres culpaban a los dioses, y los dioses tardaban varias generaciones humanas en olvidar la ofensa. Taranis no creía en la paciencia de Cernunnos; la confundía con cobardía.
La última disputa había empezado en un valle estrecho, allí donde un poblado humano había levantado una empalizada alrededor de un manantial. Durante el verano, el agua había comenzado a brotar de noche y a desaparecer al amanecer. Las mujeres llenaban los cántaros mientras podían. Los seres del bosque acudían después de la puesta de sol porque aquella misma fuente alimentaba sus refugios bajo las raíces. Durante semanas compartieron el agua sin verse, hasta que un niño encontró una huella junto al pilón y avisó a los mayores.
La noche siguiente esperaron con lanzas, hachas de trabajo y miedo. Los primeros seres que aparecieron eran pequeños y estaban desarmados. Uno llevaba una vasija de madera cuando una piedra lanzada desde la empalizada le abrió la frente. Antes de que nadie comprendiera lo ocurrido, los árboles cercanos se inclinaron hacia el poblado y las raíces atravesaron el suelo de las casas.
La lucha duró hasta el amanecer. Al fuego prendido por los hombres respondieron criaturas mayores que salieron de las profundidades del bosque. Una madre corrió hacia el río con dos hijos y descubrió que el cauce se había levantado como un muro. Ignoraba que un dios menor había intervenido para proteger a los suyos y que otro respondió partiendo la nube que alimentaba la fuente.
Taranis apareció cuando ambos bandos pedían ayuda a poderes distintos.
Descendió con la tormenta. Un rayo golpeó la empalizada y recorrió la madera mojada sin quemarla. Hombres y seres se apartaron asustados. Durante unos instantes, el único sonido fue el llanto de un bebé que llegaba desde las casas.
—Mirad lo que hacéis —ordenó.
Nadie osó levantar la cabeza. El agua suspendida sobre el río cayó de golpe, arrastrando cuerpos, herramientas, animales y parte del puente. Taranis contuvo el resto de la crecida antes de que alcanzara las viviendas, pero el barro ya cubría a quienes habían quedado tendidos en la orilla.
Cernunnos apareció entre los árboles quemados. Donde pisaba, la tierra dejaba de humear. Se agachó junto al pequeño ser de la vasija y cerró con dos dedos la herida de su frente. Después se ocupó de un hombre que tenía una raíz clavada bajo las costillas. No preguntó a cuál de los dos bandos pertenecía ninguno de ellos.
—Volverán a hacerlo —le dijo Taranis.
—Entonces volveremos a impedir que se destruyan.
—Has llegado tarde para algunos.
Cernunnos siguió trabajando. Hundió las manos en el barro y pidió raíces capaces de sujetar una ribera rota. Algunas estaban carbonizadas, pero las que aún vivían se extendieron bajo el agua y frenaron el derrumbe.
—Ayúdame —le pidió.
Taranis observó las dos filas de supervivientes. Habían dejado de atacarse, pero seguían mirándose con el odio intacto. Entre ellos yacían quienes pagaron el precio de una pelea que ni siquiera había empezado por maldad. Bastaron una huella, una piedra y la costumbre de juzgar antes de preguntar.
El dios del trueno alzó los brazos. Las nubes descargaron sobre las llamas hasta apagarlas y sobre los heridos hasta limpiarles la sangre. Trabajó junto a Cernunnos durante horas. Cuando terminaron, el manantial volvía a correr y el valle seguía dividido.
—El próximo conflicto será más grande —advirtió Taranis.
—También lo seremos nosotros.
La respuesta agotó la paciencia de Taranis, que creó la Ayalga alrededor de la herida que había dejado la lucha.
Los Mouros sintieron el cambio mucho antes de poder verla. Dejaron caer martillos, apagaron hornos y apoyaron las palmas en la piedra. Una vibración desconocida les subió por los brazos desde un lugar mucho más profundo que sus galerías, con la cadencia lenta de algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Cuando Cernunnos llegó, Taranis lo aguardaba junto a la herida.
El aire olía a metal mojado. Sobre ellos, aunque se encontraban bajo la montaña, se acumulaban nubes negras. Cada trueno desplazaba el polvo de las paredes. Los Mouros se mantuvieron lejos. Habían construido cámaras para los dioses, sepulcros para seres que no morían igual que los hombres y pasadizos capaces de sobrevivir a la caída de los reinos, pero ninguno quiso acercarse a aquello que latía en las profundidades.
La Ayalga era una esfera perfecta, sin aristas ni uniones, más pequeña que la cabeza de un niño. El azabache pulido parecía absorber la claridad de la cámara y devolverla en reflejos azules tan débiles que desaparecían al mirarlos de frente. Bajo la superficie negra se movían vetas doradas y remolinos de un azul eléctrico, lentos como una tormenta contemplada desde muy lejos. El soporte de piedra había cedido bajo un peso que el tamaño no justificaba.
El aire y la distancia cambiaban alrededor. En la oscura superficie del orbe, los rostros se reflejaban con ligeros errores: una boca desplazada, unos ojos que tardaban en imitar un parpadeo. Mirarla demasiado tiempo hacía pensar en una roca abriéndose de parte a parte, en el mar cayendo por una grieta sin fondo, en animales que levantaban la cabeza al mismo tiempo antes de echar a correr.
—La cerrarás —dijo Cernunnos.
Taranis tenía la forma de un hombre solo porque había elegido una que Cernunnos pudiera reconocer. El cabello se le agitaba con una corriente que no movía nada más. Bajo la piel le recorrían destellos breves, como relámpagos vistos a través de la distancia.
—La tierra ya está abierta.
—La has herido para demostrar que podía sangrar.
—La he herido porque tú sigues llamando equilibrio a una guerra que nunca acaba.
Cernunnos miró a los Mouros. Había miedo en ellos, aunque ninguno bajó la cabeza. Más allá de la cámara, los golpes continuaban en las galerías. Reforzaban arcos, sellaban respiraderos, levantaban muros que quizá solo servirían para retrasar lo inevitable.
—Si la utilizas, no quedará nada que ordenar.
—Quedará lo que sea capaz de sobrevivir.
El siguiente trueno recorrió la piedra sin llegar a oírse. En la superficie cayeron árboles y los animales abandonaron sus madrigueras. Los hombres salieron de sus casas para mirar un cielo sin lluvia.
Taranis acercó una mano a la Ayalga y se detuvo justo antes de tocarla. El gesto bastó para que la herida le respondiera.
En algún lugar remoto, una ladera se abrió. La tierra se tragó un rebaño y al muchacho que corría detrás de él. El mar retrocedió varios metros en la costa, mientras los pozos devolvían agua caliente.
Cernunnos cerró los ojos y cedió al pensar en el muchacho, en los animales que huían, en los seres escondidos en túneles demasiado frágiles y en todos aquellos que nunca sabrían qué decisión los había salvado. Cuando volvió a mirar a Taranis, el bosque entero pareció mirar con él.
—Una tierra que se convertirá en dos.
Taranis sonrió sin alegría.
—Al fin lo entiendes.
—Los hombres conservarán la superficie. Los seres tendrán las profundidades y los lugares que queden entre ambas. Nosotros dormiremos.
—Acepto.
—Aún no he terminado.
La sonrisa desapareció.
Cernunnos avanzó hasta que el aire deformado alrededor de la Ayalga le movió el pelo y la ropa. La herida le mostraba futuros distintos, todos breves, todos posibles. En uno, las montañas se partían. En otro, el océano cubría ciudades que todavía no habían sido construidas. En ninguno quedaba una sola voz para recordar quién había sido el vencedor.
—La Ayalga permanecerá cerrada. Tu vigilia quedará ligada a su sello. Mientras no se abra, dormirás. Si alguien intenta liberarte, despertará también aquello que has puesto dentro de la tierra.
Taranis tardó en responder. Por encima de ellos, las nubes se extendieron hacia los cuatro puntos del horizonte.
—Y tú desaparecerás con los tuyos.
—Dormiré con ellos.
—Los hombres olvidarán lo que hiciste.
—Eso espero.
El pacto necesitó sangre, piedra y palabras que ningún humano habría podido pronunciar. Los dioses se fueron, apartándose del mundo conforme el acuerdo tomaba forma. Algunos resistieron y otros aceptaron debido al cansancio acumulado durante una edad entera. La última luz de Taranis quedó atrapada en el aire sobre la Ayalga y se apagó con un chasquido seco.
La tormenta cesó.
Los Mouros trabajaron durante años, construyendo la contención alrededor de la herida sin ocultarla bajo adornos. Encajaron metales que no se oxidaban con piedras extraídas de lugares donde el tiempo no existía. Abrieron nuevas rutas de custodia y las cerraron detrás de sí. Dejaron corredores falsos para quienes llegasen buscando riqueza; en los auténticos no encontrarían oro.
El Cuélebre apareció cuando la obra estaba casi terminada.
Avanzó por una galería que apenas podía contenerlo. Su largo cuerpo rozaba ambos lados y arrancaba pequeños fragmentos de roca. Las alas permanecían plegadas, ajustadas a un lomo de escamas antiguas. Tenía rasgos de dragón, pero se movía como una serpiente que hubiera aprendido a ocupar el aire. El calor de su aliento secaba la humedad de las paredes.
El mayor de los Mouros lo condujo hasta la cámara y le pidió memoria, la única forma de obediencia que podía esperar de un ser como aquel.
—Mientras duerma, nadie la tocará —dijo el Cuélebre.
Su voz hizo vibrar las herramientas apoyadas en el suelo.
—Dormirás mucho —le advirtió el Mouro.
—Vosotros también.
El Cuélebre rodeó la contención. Tardó tanto en acomodar todo el cuerpo que algunos de los presentes se marcharon antes de verlo terminar. Apoyó la cabeza cerca de la Ayalga, cerró un ojo y mantuvo el otro abierto hasta que el último Mouro abandonó la cámara.
Antes de partir, el mayor dejó junto a su garra una pieza de metal con el mapa de los anclajes.
—Si alguno cede, despertarás.
El Cuélebre observó la lámina y después la esfera. El azabache le devolvió un reflejo en el que su cabeza parecía más vieja, con escamas partidas y un ala extendida sobre una montaña desconocida.
—¿Y si despierto demasiado tarde?
El Mouro apoyó la mano en el suelo. Bajo ellos, cada galería transmitía una parte de la presión hacia lugares que ningún humano llegaría a conocer.
—Entonces el mundo ya estará cambiando.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es la única respuesta que puedo darte.
El Cuélebre bajó la cabeza hasta cubrir el soporte con su sombra. El calor de su respiración recorrió el azabache sin templarlo, pero la esfera permaneció fría.
—Cuando llegue ese momento, buscaré a quien la haya herido —dijo el Cuélebre con voz adormilada.
—Busca antes a quienes lleven la señal.
El ojo abierto del Cuélebre se contrajo.
—Los humanos lo olvidarán.
—La marca recordará por ellos, cuando sea necesario.
El Mouro se alejó sin volver la espalda al ser que vigilaba la esfera. Tardó casi una hora en alcanzar la primera puerta. Durante todo ese tiempo sintió la mirada del custodio y la vibración de la Ayalga bajo sus pies.
Las puertas desaparecieron de las montañas y los humanos dejaron de ofrecer comida junto a las fuentes. Las historias perdieron nombres, mezclaron criaturas y convirtieron antiguas advertencias en cuentos para niños. Hubo hombres que juraron haber visto una serpiente alada guardar tesoros bajo la tierra. Otros hablaron de mujeres en el agua, pequeños seres que cambiaban cosas de sitio y procesiones que cruzaban caminos durante la noche. Cada generación recordaba menos y añadía algo más.
Durante los siguientes siglos, la Ayalga permaneció cerrada, guardada bajo el sueño del Cuélebre.
* * *
La seronda de 2026 había llenado la Sierra del Aramo de barro, hojas aplastadas y mañanas que parecían empezar más tarde. El miércoles 7 de octubre, un equipo técnico trabajó cerca de las antiguas minas de Texeo hasta que la luz ya no permitía distinguir bien el terreno.
La intervención era pequeña. Llevaban permisos, planos, chalecos reflectantes y la maquinaria adecuada. Habían comprobado el área, protegido los restos sensibles y anotado cada incidencia. Cuando una de las perforaciones transmitió una vibración más intensa de lo esperado, el responsable les ordenó detenerse y revisar los instrumentos.
El sonido duró menos de tres segundos.
—Apúntalo —dijo, mirando el reloj.
Un operario lo registró en la hoja de trabajo. Revisaron la roca visible, colocaron señalización y recogieron. Ninguno vio a las dos mujeres que los observaban desde una zona más alta, inmóviles bajo impermeables oscuros.
El responsable fotografió la perforación antes de cubrirla. En la pantalla, la roca parecía intacta salvo por una línea oscura que atribuyó a la humedad. Acercó dos dedos para ampliar. La marca desaparecía al aumentar la imagen y regresaba cuando recuperaba el encuadre completo.
—¿Lo ves? —preguntó al operario.
—¿El qué?
Le tendió el móvil. El hombre giró la imagen, subió el brillo y se encogió de hombros.
—Una veta.
—No estaba en el plano.
—Tampoco están todas las piedras.
El responsable guardó el teléfono. Habían cumplido el procedimiento y detenido la máquina. Aun así, antes de arrancar el vehículo, anotó la hora exacta en su libreta: 19:42. Dibujó al lado una raya curva para recordar dónde había visto la marca.
La tinta se extendió por el papel hasta formar una ramificación que no había trazado. Cerró la libreta, la abrió de nuevo y encontró una mancha corriente. Se dijo que el bolígrafo perdía y condujo sin mencionar nada a los demás.
Las mujeres esperaron a que el último vehículo se hubiera alejado.
La mayor sacó de una bolsa una pieza de hierro ennegrecida. La otra apartó hojas y descubrió marcas preparadas días antes, tan finas que parecían arañazos producidos por una herramienta cualquiera. Trabajaron sin velas ni cantos, con la prisa de quien sabe que el momento útil es efímero.
La joven tenía el barro hasta las rodillas. Había pasado las últimas cuatro noches calculando dónde llegaría la vibración de la red antigua. Su abuela le había enseñado los signos cuando aún no alcanzaba a comprenderlos y le hizo repetirlos sobre harina, ceniza y tierra mojada. Durante años le parecieron la herencia absurda de una familia que convertía cualquier desgracia en promesa. Aquella tarde había visto la respuesta de la montaña y dejado de dudar.
—Si nos equivocamos, nos encontrará el custodio —le dijo a su compañera.
La mayor colocó la pieza de hierro en el centro de las marcas.
—Si no hacemos nada, moriremos sin que llegue a encontrarnos.
—Puede abrirse hacia este lado.
—Para eso están los demás.
La joven entendió que «los demás» incluía a personas desconocidas que nunca sabrían por qué las habían elegido para pagar. El frío dentro de las botas y la impaciencia de la mujer que aguardaba a su lado ocuparon todo el espacio que había reservado para la culpa.
La vibración técnica había terminado. Su eco permanecía dentro de la montaña.
Las dos mujeres apoyaron el hierro sobre la piedra y pronunciaron juntas una frase conservada durante generaciones. Parte de ella se perdió entre los árboles. El resto encontró una galería abandonada y bajó.
El ritual desvió el golpe sin abrir ningún túnel.
Muy por debajo de Texeo, una estructura moura recibió una vibración para la que nunca había sido preparada. El metal antiguo resistió. La piedra repartió la fuerza hacia cámaras vacías. Durante unos segundos, el pacto sostuvo la presión.
Luego se oyó un crujido.
En la cámara de custodia, el polvo cayó sobre un cuerpo inmenso. Una de las alas del Cuélebre se contrajo. Las escamas se movieron al llenarse sus pulmones de aire.
La Ayalga desprendió calor. Las vetas azules y doradas latieron dentro del azabache.
Una línea de luz estrecha e irregular apareció sobre la esfera.
El Cuélebre abrió un ojo.
En la superficie, los primeros cuervos levantaron el vuelo desde los árboles del Aramo. La bandada giró hacia el norte. En Oviedo, Gijón, Mieres, Siero y pueblos donde nadie estaba mirando el cielo, otros pájaros hicieron lo mismo. Abandonaron tejados, parques, torres eléctricas y contenedores abiertos. Durante varios minutos, Asturias se llenó de alas negras que parecían tener una dirección en común.
Las mujeres recogieron el hierro. La más joven tenía sangre saliendo de la nariz.
—Ya está —murmuró.
La otra contempló el hueco que habían dejado las marcas en el barro.
—Ahora empieza lo difícil.
A las tres y siete de la madrugada, dos personas despertaron en lugares distintos con el brazo ardiendo.
Una tiró el mando del televisor al suelo, la otra golpeó una lámpara al incorporarse.
Ninguna sabía que, bajo la montaña, una herida acababa de reconocerlas.
Minutos más tarde, en un dormitorio en Oviedo, Sofía Cobián se volvió hacia el lado frío de la cama. Había dejado el móvil cargando sobre la mesilla. La pantalla se iluminó con un vídeo de cuervos que alguien acababa de enviarle. Sofía no abrió los ojos. A los pies de su cama, la oscuridad comenzó a respirar con ella.