Marc Bartolomé: «¿Dónde termina lo artificial y dónde empieza lo verdaderamente humano?»

Entrevista a Marc Bartolomé, autor de Corazones sintéticos

Marc Bartolomé creció viendo documentales sobre el universo y escogiendo películas de robots en el videoclub. Años después, una historia que había escrito en el instituto y una pregunta de su pareja lo llevaron a empezar Corazones sintéticos: El colapso del Nuevo Amanecer. En esta entrevista hablamos del origen de la novela, de la memoria y los vínculos familiares en una sociedad gobernada por una inteligencia artificial, y de los proyectos con los que quiere seguir explorando el futuro de la humanidad.

Marc, antes de adentrarnos en el universo de Corazones sintéticos, nos gustaría conocer a la persona que hay detrás del escritor. ¿Cómo te definirías, qué lugar ocupa la literatura en tu vida y qué aspectos de tu personalidad crees que terminan reflejándose en las historias que escribes?

Siempre me ha costado un poco definirme, pero, si tuviera que destacar algo de mi personalidad, sería mi curiosidad. Desde pequeño me han fascinado la ciencia, la tecnología y el universo. Recuerdo ir al videoclub con mi padre y elegir siempre películas de robots, viajes espaciales o extraterrestres. También devoraba documentales científicos y después me encantaba compartir todo lo aprendido con familiares y amigos. Esa fascinación me llevó a estudiar Física, aunque no terminé la carrera, y posteriormente a formarme en Sistemas Electrotécnicos y Automatizados. Tras un par de años trabajando en una ingeniería, descubrí una afición inesperada: escribir historias sobre los posibles futuros de la humanidad.

Reconozco que nunca he sido un lector especialmente constante, aunque sí un apasionado de las historias. Cuando leo, suelo decantarme por los clásicos de la ciencia ficción. Creo que lo que más reflejo en mis novelas es mi preocupación por el futuro de nuestra especie. Siempre intento imaginar escenarios en los que la humanidad logra imponerse a las máquinas. Aunque, siendo sincero, cuanto más observo hacia dónde nos dirigimos, más difícil me resulta imaginar cómo lo conseguiremos.

¿Recuerdas cuándo empezaste a sentir la necesidad de contar tus propias historias? ¿La escritura fue una inquietud que te acompañó desde pequeño o surgió en una etapa concreta de tu vida?

Podría decir que empecé contando mis historias oralmente, como Sócrates, aunque salvando las distancias, por supuesto. Desde pequeño, después de alimentar mi curiosidad con documentales o artículos científicos, me gustaba desarrollar mis propias hipótesis y compartirlas con familiares y amigos. Y, como al propio Sócrates, alguna que otra vez también me tomaban por loco. Sin embargo, la mayoría de las veces conseguía despertar la curiosidad de quienes me escuchaban. Recuerdo que algunos adultos se sorprendían al ver cómo un niño podía plantearse determinadas teorías sobre el universo o el futuro de la humanidad.

Sin darme cuenta, aquellas hipótesis también empezaron a colarse en los trabajos y narraciones que me encargaban en el colegio, el instituto e incluso la universidad. Por eso, no hubo un momento exacto en el que nació mi necesidad de contar historias. Fue más bien un proceso. Lo que sí recuerdo es que, hace poco más de tres años, decidí finalmente sentarme a escribir todas aquellas historias que llevaban tanto tiempo viviendo dentro de mí.

Has elegido la ciencia ficción para darte a conocer como novelista. Es un género que permite imaginar mundos extraordinarios, pero también hablar de los problemas de nuestra sociedad. ¿Qué te atrajo especialmente de él y qué libros, películas o autores han influido en tu manera de entenderlo?

Diría que es algo innato. Mis padres siempre cuentan que, con apenas cinco o seis años, ya me quedaba pegado al televisor viendo documentales sobre el universo. Aquellos programas me hablaban de otros mundos que deseaba conocer y de futuros que ansiaba ver llegar. Y en la ciencia ficción encontré una manera de explorar todo aquello que parecía inalcanzable.

Una de mis mayores inspiraciones ha sido Stephen Hawking, tanto por su extraordinaria capacidad divulgativa como por sus advertencias sobre los riesgos del desarrollo tecnológico. También destacaría a Carl Sagan, por su manera de transmitir el asombro ante el universo y hacernos reflexionar sobre nuestro lugar en él, y a Neil deGrasse Tyson, por su capacidad para acercar la ciencia al gran público.

En el cine, la saga que más me ha marcado, especialmente al escribir Corazones Sintéticos, es Terminator. También destacaría Blade Runner, Elysium e Interstellar, películas que, más allá de sus espectaculares escenarios, plantean cuestiones profundamente humanas.

En literatura, Un mundo feliz, de Aldous Huxley, marcó un antes y un después en mi manera de entender la ciencia ficción. Después llegó 1984, de George Orwell, que precisamente estoy releyendo porque encuentro inquietantes paralelismos con nuestra sociedad. También han sido importantes los relatos de Isaac Asimov y su saga Fundación, por su manera de explorar la relación entre humanidad y tecnología; y Neuromante, de William Gibson, por su visión de un futuro dominado por las grandes corporaciones y la tecnología. Más recientemente, Ursula K. Le Guin me ha descubierto una ciencia ficción más social y filosófica, centrada en las relaciones humanas y las estructuras de poder. Creo que eso es lo que más me atrae del género: su capacidad para hacernos reflexionar sobre el presente mientras imaginamos el futuro.

Corazones sintéticos nos presenta un futuro en el que la tecnología, la memoria y las emociones humanas entran en conflicto. ¿Cómo nació la idea original de la novela? ¿Partiste de una pregunta sobre el futuro de la humanidad, de un personaje o de una historia que llevabas tiempo queriendo contar?

Pues es curioso, porque el origen de Corazones Sintéticos se remonta a una narración de apenas tres páginas que escribí cuando tenía catorce o quince años. En 2023, durante una época en la que ningún libro ni ninguna serie conseguían engancharme, me dio por revisar un antiguo disco duro de mis años de instituto. Allí encontré aquella pequeña historia, titulada 2036, una fecha que entonces parecía pertenecer a un futuro lejano, pero que hoy ya no resulta tan distante. Trataba sobre un padre de familia que vivía en un mundo gobernado por una inteligencia artificial, en una sociedad cada vez menos humana y más artificial.

Mi pareja, que siempre ha sido una gran lectora, también quiso leerla. Y, cuando terminó, no se le ocurrió otra cosa que preguntarme: «¿Y por qué no escribes un libro?». Aquella pregunta, tan sencilla y aparentemente inocente, terminó cambiándolo todo. Lo que comenzó como una narración de instituto acabó convirtiéndose en Corazones Sintéticos y en el inicio de mi trayectoria como escritor.

El propio título de la novela resulta sugerente. La palabra “sintéticos” nos remite a lo artificial, mientras que el corazón representa tradicionalmente los sentimientos y nuestra condición humana. ¿Qué significado tiene para ti esa combinación y en qué momento supiste que sería el título definitivo?

El título Corazones Sintéticos surgió cuando ya había terminado de construir el universo de la novela y tenía definida su trama principal. Inicialmente, me pareció una bonita manera de jugar con la dualidad entre lo humano y lo artificial. Sin embargo, mientras escribía, descubrí que encerraba otros significados. Los protagonistas se enfrentan constantemente al dilema de dejarse llevar por la razón o escuchar sus sentimientos. Thomas, por ejemplo, tiende a anteponer la lógica a las emociones, hasta el punto de que algunas de sus decisiones parecen más propias de una máquina que de un ser humano.

Y ahí aparece otra interpretación que me resulta especialmente interesante: ¿qué nos hace realmente humanos? ¿Nuestra capacidad de razonar o nuestra capacidad de sentir? ¿Puede una persona comportarse como una máquina? ¿Y podría una inteligencia artificial actuar de una manera profundamente humana? No quiero profundizar demasiado porque podría desvelar aspectos importantes de la trama, pero creo que el título resume una de las grandes preguntas de la novela: ¿dónde termina lo artificial y dónde empieza lo verdaderamente humano?

Novara es una sociedad que promete orden y estabilidad, pero cuya aparente seguridad esconde un precio importante. ¿Cómo construiste ese mundo y qué aspectos de nuestra realidad actual te sirvieron de inspiración para imaginarlo?

Para comprender Novara, primero hay que remontarse a 2036, cuando una guerra nuclear acaba con prácticamente toda la población mundial. Nueva Zelanda consigue sobrevivir a la destrucción directa gracias a su aislamiento geográfico, aunque no se libra de las consecuencias de la radiación.

A partir de ahí, imaginé una sociedad que debía reconstruirse desde cero y evitar que la humanidad volviera a cometer los mismos errores. Y pensé que, si la ciencia había estado detrás de algunos de los mayores avances de nuestra civilización, ¿por qué no confiar también en los científicos para dirigir su reconstrucción? Así nació la idea de establecer un gobierno formado por científicos. Sin embargo, estos prefieren dedicarse a la investigación antes que a la política, por lo que terminan desarrollando una superinteligencia artificial, Elyria, a la que confían la administración de la sociedad.

Pero no todos aceptan ese futuro. Cuando Novara impone un chip conectado a Elyria, indispensable para la vida cotidiana, quienes lo rechazan terminan exiliados y forman la Alianza Rebelde. Lo interesante es que Novara no nace de una intención malvada, sino de la búsqueda de seguridad y estabilidad. Y ahí encuentro el paralelismo con nuestro presente: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a renunciar a nuestra libertad a cambio de comodidad y seguridad?

Uno de los conceptos más interesantes de la novela es la memoria como forma de resistencia. Si pudiéramos manipular, seleccionar o borrar nuestros recuerdos, ¿seguiríamos siendo las mismas personas? ¿Qué reflexión querías plantear al lector a través de esa relación entre identidad y memoria?

Creo que nuestros recuerdos son una parte fundamental de nuestra identidad. Tanto los buenos como los malos nos ayudan a comprender quiénes somos y por qué hemos llegado hasta aquí. Y esto también puede aplicarse a una sociedad: conocer nuestro pasado es imprescindible para construir nuestro futuro. Como suele decirse, quien desconoce su historia está condenado a repetirla. Aquí entra en juego una de mis grandes inspiraciones, 1984, de George Orwell. Si una sociedad vive aparentemente cómoda y segura, ¿qué motivos tendría para cuestionar el sistema que la gobierna? Y si, además, desconoce su verdadero pasado, ¿cómo podría imaginar que existe otra forma de vivir?

En Corazones Sintéticos, la fuerza de la Alianza Rebelde reside precisamente en su memoria. Muchos de sus integrantes no conocieron aquel pasado en el que todos convivían y tenían capacidad de decisión, pero lo mantienen vivo a través de las historias transmitidas de generación en generación. Y esa es la reflexión que quería plantear: una sociedad que pierde su memoria también puede terminar perdiendo su libertad, sin siquiera ser consciente de ello.

Noah comienza su aventura buscando a su hermana, una motivación profundamente humana en medio de un escenario dominado por la tecnología. ¿Por qué decidiste que el motor de la historia fuera precisamente un vínculo familiar? ¿Qué importancia tienen para ti las relaciones entre hermanos dentro de la novela?

Creo que, para comprender la relación entre Noah y Lily, primero hay que entender su situación familiar. Su padre, Thomas, es el líder de la corporación que desarrolló Elyria y, aunque es la inteligencia artificial quien gobierna, él sigue siendo la cara visible de Novara. Sus responsabilidades absorben prácticamente todo su tiempo, dejando a sus hijos en un segundo plano. Ante la ausencia de una madre y con Lily marcada por un suceso traumático, Noah se ve obligado a madurar prematuramente y asumir un papel casi paternal. Con diecinueve años, debe compaginar su vida social con el cuidado de su hermana, de apenas once. Y aunque Noah, por su edad, ya no necesita tanta atención de su padre, le reprocha que Lily, siendo todavía una niña, tampoco pueda contar con él.

Es precisamente esa ausencia la que fortalece su vínculo. A pesar de disfrutar de todos los lujos imaginables, ambos carecen de algo mucho más importante: la cercanía de su propio padre. Por eso encuentran el uno en el otro su mayor refugio.

Quise que ese amor fraternal fuera el motor de la historia porque, para mí, el amor es la fuerza más poderosa del universo. Seguimos queriendo a personas que ya no están con nosotros, incluso después de muchos años. De alguna manera, podríamos decir que el amor es capaz de trascender el propio espacio-tiempo.

Maya es otro de los personajes fundamentales y arrastra las consecuencias de un pasado difícil. ¿Cómo fue su proceso de creación y qué aporta a la historia que Noah, por sí solo, difícilmente habría podido transmitir?

Maya nació de mi necesidad de contar la historia desde el otro lado de la muralla. No quería presentar a la Alianza Rebelde como un grupo de héroes enfrentados a una sociedad malvada, sino mostrar que, como ocurre en la realidad, ambos bandos tienen sus luces y sus sombras. Por eso decidí que fuera la hija de uno de los líderes rebeldes. A diferencia de Thomas, cuya posición le impide ser completamente objetivo con el sistema que representa, Noah y Maya nos permiten descubrir tanto las virtudes como las contradicciones de sus respectivas sociedades.

Además, Maya es un personaje que, pese a tener apenas dieciocho años y haber vivido experiencias muy duras, demuestra una madurez y una empatía extraordinarias. Y, a pesar de todo, conserva la esperanza de que algún día los suyos puedan regresar a Novara y convivir en libertad, sin estar sometidos al control de una inteligencia artificial. Creo que su perspectiva aporta una profundidad fundamental al universo de la novela, porque nos recuerda que la realidad nunca es tan sencilla como dividir el mundo entre buenos y malos.

Vivimos una época en la que la inteligencia artificial avanza a una velocidad extraordinaria y genera tanto entusiasmo como inquietud. Después de imaginar una sociedad en la que los androides y el control tecnológico forman parte de la vida cotidiana, ¿qué aspectos de ese futuro te parecen más cercanos y cuáles te preocupan personalmente?

Sinceramente, creo que no estamos tan lejos del futuro que planteo en Corazones Sintéticos. La velocidad a la que avanza la inteligencia artificial es tan vertiginosa que, en ocasiones, asusta. Cuando escribí la narración original, allá por 2013 o 2014, un mundo así me parecía muy lejano. Incluso cuando empecé la novela, en 2023, apenas conocía ChatGPT, pese a mi interés por la tecnología. Hoy, prácticamente todo mi entorno la utiliza a diario, incluido yo. Tareas que antes requerían horas ahora pueden resolverse con una sola instrucción, y aquel futuro ya no me parece tan distante. Además, estamos viendo cómo la IA empieza a sustituir determinados empleos y cómo algunas grandes empresas anuncian despidos masivos en un contexto de creciente automatización.

No creo que la inteligencia artificial sea buena o mala por sí misma; depende del uso que hagamos de ella. Me preocupa que lleguemos a necesitarla para prácticamente todo, perdiendo progresivamente nuestra autonomía, pensamiento crítico y creatividad. Debemos aprender cuándo utilizarla y, sobre todo, cuándo no. Pero mi mayor preocupación está a gran escala: ¿qué podrían llegar a hacer las grandes potencias con semejante tecnología? Si no aprendemos a controlar su desarrollo, quizá terminemos viviendo un futuro parecido al de Terminator o al de mi propia novela. Como ya advirtió Stephen Hawking, la inteligencia artificial podría convertirse en el mayor logro de la humanidad, pero también en el último.

En Corazones sintéticos también encontramos una dimensión romántica y emocional muy importante. ¿Crees que el amor, la empatía y los vínculos personales podrían convertirse en una forma de rebelión frente a una sociedad excesivamente controlada por la tecnología? ¿Cómo evitaste que ese componente sentimental restara fuerza a la trama de ciencia ficción?

Totalmente. Creo que en los vínculos humanos puede estar nuestra salvación. Si algo nos ha enseñado nuestra historia evolutiva es que no hemos llegado hasta aquí por ser los más fuertes ni los más rápidos, sino por nuestra capacidad de colaborar, aprender y superar las adversidades juntos. Tengo mucha esperanza en la humanidad, pero también observo cómo cada vez estamos más desconectados de nuestro entorno. Creo que necesitamos recuperar esa capacidad de unirnos, empatizar con los demás y mirar más allá de nuestros propios intereses, aunque no siempre resulte fácil.

En cuanto a la novela, aunque esté catalogada como ciencia ficción, quise alejarme un poco del enfoque de algunos grandes clásicos del género. Dediqué tanto esfuerzo a construir su universo como a desarrollar los personajes y las relaciones entre ellos. Para mí, los sentimientos no son un añadido a la trama, sino una parte fundamental de ella. Al fin y al cabo, ¿de qué sirve imaginar el futuro de la humanidad si nos olvidamos de aquello que nos hace humanos?

Construir una distopía exige establecer reglas sobre su funcionamiento, su tecnología y las relaciones de poder. ¿Tenías todo ese universo diseñado antes de comenzar a escribir o fue creciendo a medida que avanzaba la historia? ¿Qué parte de su construcción te resultó más complicada?

Tenía prácticamente todo diseñado antes de empezar a escribir, aunque algunas ideas fueron surgiendo durante el proceso. Lo primero que hice fue formarme. Venía del mundo de las ciencias y tenía mucho que aprender sobre escritura y narrativa, así que recurrí a libros, tutoriales y distintas técnicas de planificación.

Decidí trabajar como un escritor de mapa y, utilizando Notion, fui organizando todo el universo: el worldbuilding, la cronología, los personajes, las ubicaciones y las distintas tramas. Dediqué unos nueve meses a esa preparación, compaginándola con mi trabajo y mis estudios.

Sin embargo, tras escribir los primeros nueve o diez capítulos, una vez superado el detonante de la historia, me encontré con un problema inesperado: las propias reglas del mundo que había creado impedían que mis protagonistas avanzaran hacia donde tenía previsto. Estuve unas tres semanas bloqueado, sin escribir una sola palabra, hasta que se me ocurrió introducir dos nuevos personajes que me permitieron resolver el conflicto sin romper la coherencia del universo.

La novela combina misterio, acción y conflictos emocionales. ¿Cómo trabajaste el ritmo narrativo para dosificar las revelaciones y conseguir que el lector descubriera los secretos de Novara al mismo tiempo que los protagonistas?

Para trabajar el ritmo narrativo, me apoyé principalmente en la estructura de los tres narradores. Esto me permitía alternar sus historias cuando consideraba que habían llegado a un punto adecuado, procurando que las tres avanzaran de manera equilibrada y mantuvieran el interés del lector. También jugué mucho con la información que poseía cada personaje. En ocasiones, el lector conoce acontecimientos que alguno de los protagonistas todavía desconoce, lo que genera cierta tensión y le permite anticipar posibles conflictos.

Sin embargo, hay un giro argumental especialmente importante que planteé de una manera diferente. Uno de los narradores conoce la verdad desde el principio, pero la mantiene oculta durante toda la novela, mientras que los otros dos van descubriendo pequeñas pistas. Siempre me han gustado los giros argumentales que, al mirar atrás, cobran un nuevo sentido. Por eso intenté dejar suficientes indicios para despertar sospechas, pero sin que el lector pudiera anticipar con certeza lo que acabaría descubriendo.

Todo escritor acaba enfrentándose a personajes que toman decisiones difíciles y a escenas que exigen una implicación emocional especial. ¿Hubo algún momento de Corazones sintéticos que te costara particularmente escribir o algún personaje que terminara sorprendiéndote durante el proceso creativo?

Desde el principio tuve clara una filosofía a la hora de escribir: quería que el lector experimentara algo parecido a lo que sentimos con Juego de Tronos, salvando las distancias y en menor medida. Nunca me han convencido demasiado los finales en los que todos son felices y comen perdices. Prefiero que las cosas terminen bien, pero que por el camino haya que renunciar a algo, como ocurre en la vida misma.

Evidentemente, a ningún escritor le gusta despedirse de un personaje al que ha terminado cogiendo cariño. Hubo una muerte en particular que me costó muchísimo escribir. Llegué a plantearme cambiar su destino, pero sabía que era necesario para la historia que había construido. Finalmente, tuve que armarme de valor y escribir aquella escena prácticamente entre lágrimas.

En cuanto a personajes que me sorprendieron, destacaría a uno de los protagonistas, cuya evolución emocional fue mucho más profunda de lo que su primera aparición podría hacer pensar. No diré quién es, pero creo que su historia nos recuerda algo que a menudo olvidamos: todos libramos nuestras propias batallas internas y los demás solo conocen aquello que dejamos ver. Detrás de cada persona hay mucho más de lo que aparenta y, por eso, creo que deberíamos intentar comprenderla antes de juzgarla.

La publicación de Corazones sintéticos llegó en septiembre de 2025 de la mano de Ayun Editors. ¿Cómo viviste el proceso de transformar tu manuscrito en un libro publicado? ¿Qué fue lo más emocionante y qué dificultades encontraste hasta verlo finalmente en manos de los lectores?

Cuando terminé de corregir y maquetar la novela, preparé varias propuestas editoriales y me marqué un plazo: si en seis meses ninguna editorial mostraba interés, la publicaría por mi cuenta. Sin embargo, poco más de tres meses después, recibí dos propuestas en la misma semana. ¡No me lo podía creer! Por primera vez, alguien ajeno a mi círculo cercano mostraba interés por mi historia. Y aunque todavía tenía miedo de cómo sería recibida por los lectores, por fin se silenciaron aquellas voces que me habían acompañado durante todo el proceso: «¿Y si no es un buen libro? ¿Y si nadie lo lee? ¿Y si todo este esfuerzo ha sido en vano?».

Finalmente, por diversos motivos y porque también eran de Mallorca, me decanté por Ayun Editors. Trabajé junto al editor en las últimas correcciones y mejoras del manuscrito, además de colaborar en el diseño de la portada. A finales de agosto tuve por primera vez el libro entre mis manos. Al principio fue una sensación extraña, casi irreal, pero con el paso de los días fui tomando conciencia de lo que había conseguido: transformar mis ideas en algo tangible, una historia que cualquier persona podía tener entre sus manos y leer.

El momento culminante llegó el 11 de septiembre, durante mi primera presentación. Ver a casi cincuenta personas allí, escuchándome y mostrando interés por mi trabajo, fue algo que jamás olvidaré. Probablemente, uno de los días más bonitos de mi vida.

Hoy las redes sociales desempeñan un papel cada vez más importante en la vida de los escritores. Tú también has desarrollado una presencia en TikTok, una plataforma donde conectar con públicos muy diferentes. ¿Cómo llevas esa faceta de creador de contenido y qué has aprendido sobre la relación entre autores, lectores y promoción literaria?

Hoy en día, creo que un escritor que no utiliza las redes sociales para darse a conocer parte con cierta desventaja. En mi caso, ya tenía experiencia: desde 2021 creaba contenido sobre música en TikTok, donde conseguí reunir una comunidad de más de 50.000 seguidores. Sin embargo, cuando decidí orientar mi contenido hacia la literatura, descubrí que cambiar de temática no era tan sencillo. La respuesta de mi comunidad fue bastante limitada.

Intenté empezar de cero con una cuenta dedicada a BookTok, pero tampoco terminé de encontrar mi sitio. Tuve alguna experiencia decepcionante con colaboraciones y comprobé que aumentar el número de seguidores no siempre se traduce en un mayor apoyo. Incluso realicé una serie de 31 vídeos durante un mes que, aunque empezó bien, terminó perdiendo impulso. Curiosamente, las experiencias que mejores resultados me han dado han sido las presenciales: presentaciones, ferias y firmas de libros.

Aun así, sigo apostando por las redes. Recientemente he creado Crónicas del Mañana, un espacio donde quiero hablar de ciencia, tecnología, inteligencia artificial y el futuro de la humanidad, temas que también abordo en mis novelas, pero desde una perspectiva divulgativa y sin buscar la promoción directa. Creo que la mayor lección que he aprendido es que lo importante no es acumular seguidores, sino conectar de verdad con las personas.

Después de Corazones sintéticos, ¿qué camino te gustaría seguir como escritor? ¿Estás trabajando en una nueva novela, contemplas regresar al universo de Noah y Maya o tienes en mente historias completamente diferentes? ¿Puedes adelantarnos algo de tus próximos proyectos?

Sinceramente, me gustaría seguir escribiendo ciencia ficción, porque todavía tengo muchísimos temas que quiero explorar. Aunque tampoco descarto adentrarme en la fantasía en algún momento. Además, me gustaría desarrollar esa faceta divulgativa que siempre me ha acompañado, aprovechando precisamente los temas que abordo en mis novelas.

Actualmente estoy trabajando en una nueva novela autoconclusiva que nos llevará a un viaje interestelar hacia otro planeta y en la que también exploraré algunas cuestiones interesantes sobre la ética y la forma de razonar de la inteligencia artificial. No puedo adelantar mucho más, pero, si todo va según lo previsto, mi intención es publicarla durante el primer trimestre de 2027.

Por otra parte, tengo pendiente regresar al universo de Corazones Sintéticos. La segunda parte ya está completamente planificada y solo falta sentarme a escribirla. Sin embargo, quería publicar antes una historia diferente, explorar nuevas ideas y llegar a otros lectores. Me gustaría que esa continuación viera la luz a finales de 2027, aunque prefiero no comprometerme con una fecha. Al fin y al cabo, la inspiración a veces es muy caprichosa.

Para terminar, alejémonos por un momento de los androides y de los futuros distópicos. Cuando Marc Bartolomé deja de escribir y desconecta de las redes, ¿qué cosas disfruta realmente? ¿Y qué sueño, literario o personal, le gustaría cumplir en los próximos años?

La verdad es que llevo una vida bastante sencilla. Me encanta pasar tiempo con mi pareja y nuestras mascotas, aunque sea disfrutando de una tarde tranquila en casa. Además, estamos desarrollando juntos un proyecto llamado Nácar 3D, dedicado a la impresión 3D de productos y encargos personalizados, especialmente figuras de mascotas. Es algo que también me hace muchísima ilusión y a lo que dedicamos buena parte de nuestro tiempo.

Cuando consigo desconectar de mis proyectos, disfruto leyendo, viendo anime o una buena película, y paseando junto al mar, que por suerte tenemos muy cerca. Son pequeños momentos que agradezco especialmente, porque reconozco que paso buena parte del día inmerso en mis proyectos.

En cuanto a mis sueños, me gustaría seguir creciendo como escritor y divulgador, y conseguir que mis historias lleguen a muchas más personas. Creo que la ciencia ficción no solo debe entretener, sino también hacernos reflexionar sobre el mundo que estamos construyendo. Para mí, lo verdaderamente importante es el mensaje que permanece cuando alguien termina de leer una novela. Y como no todo el mundo lee, también quiero transmitir esas reflexiones a través de las redes sociales, las presentaciones o, quién sabe, futuras conferencias. Porque, al final, mi mayor aspiración no es simplemente contar historias sobre el futuro, sino contribuir, aunque sea un poquito, a que construyamos uno mejor.

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