Pablo F. Vázquez: tres poemarios, una guitarra y muchas historias por contar

Entrevista a Pablo F. Vázquez, autor de Ella y yo contra todo, Idílica anatomía y Kilómetro 209

Entrevistas · Autores independientes

Pablo F. Vázquez recuerda con claridad cuándo empezó a escribir poesía: después de perder a una amiga. Antes ya le interesaban las palabras, igual que la música y el dibujo, pero aquella pérdida le llevó a escribir sus primeros versos.

Publicó su primer poemario con dieciocho años y hoy tiene tres libros: Ella y yo contra todo, Idílica anatomía y Kilómetro 209: Diario de un poeta. Le gusta el humor absurdo, ha llevado sus poemas a la voz y a la guitarra y vuelve una y otra vez al mar, la lluvia, la luna y Gijón. Hablamos con él de cómo ha cambiado su escritura, de su último libro y de los proyectos que prepara para recuperar sus dos primeras obras.

Pablo, antes de hablar de tus libros, nos gustaría conocer a la persona que hay detrás de los versos. ¿Cómo te definirías cuando dejas a un lado la escritura y qué aspectos de tu personalidad crees que terminan reflejándose, de una manera u otra, en tus poemas?

Pues soy una persona bastante introvertida y solitaria, pero solo hasta tener un punto de confianza. Después me pierde más la tontería… Tengo un sentido del humor bastante absurdo; creo que eso también se refleja en mis poemas.

¿Recuerdas cuándo escribiste tus primeros versos y qué te llevó a utilizar la poesía como medio de expresión? ¿Hubo alguna experiencia personal, alguna lectura o alguna persona que despertara esa inquietud?

La verdad es que la escritura siempre me llamó bastante la atención, desde niño, igual que la música o el dibujo. Pero sí recuerdo la primera vez que me puse el traje de poeta, y fue tras el fallecimiento de una amiga. Ahí fue cuando exploré más el mundo de las letras y empecé a escribir mis primeros versos.

Además de poeta, te defines como trovador, una palabra que parece resistirse al paso de los siglos. ¿Qué significa para ti ser trovador en pleno siglo XXI? ¿Es simplemente una manera de entender la poesía o también una filosofía de vida?

Creo que ambas cosas. Para mí, ser trovador es una manera de entender la poesía, pero también de compartirla. Me gusta mucho jugar con las palabras, con sus dobles sentidos y sus múltiples lecturas; coger mi guitarra y recitar poemas para contar historias. Al final, creo que un trovador es alguien que necesita contar algo y encuentra la manera de hacerlo. No creo que haga falta vivir en otra época para serlo.

La poesía y la música han caminado juntas durante siglos. ¿Qué artistas, cantautores o escritores han marcado tu formación? ¿Hay alguna canción o algún poema al que regreses con los años y que siga emocionándote como cuando lo descubriste?

Aquí la cosa se pone más complicada. Pero creo que mis mayores referencias están en Lorca, Buesa y Neruda, en la escritura. Y en la música, Robe, Kutxi y Pla. Hay muchísimos más artistas a los que les debo mi forma de entender lo que hago, pero, si nombrase solo a tres de cada categoría, quizá serían estos. Y no tengo una obra sola a la que volver para emocionarme como el primer día; tengo una lista demasiado extensa.

En 2017 publicaste Ella y yo contra todo, un título que sugiere complicidad, resistencia y una relación capaz de enfrentarse a las dificultades. ¿Cómo nació aquel libro, quién es esa «ella» que aparece en el título y qué historia querías contar a través de sus páginas?

Pues la verdad es que fue mi primer poemario, con 18 años. Es un libro al que le guardo mucho cariño y, de hecho, estoy preparando una segunda edición corregida y revisada para finales de año.

«Ella», en aquel momento, era una persona; a día de hoy te diría que «ella» era la poesía.

Aquí la historia era realmente conocer al poeta que llevaba dentro, encontrarme a través de poesía adolescente, con críticas sociales, poemas íntimos y, en definitiva, un Pablo muy joven.

A menudo se identifica la poesía amorosa con los sentimientos más hermosos, pero el amor también está lleno de contradicciones, inseguridades y desencuentros. ¿Qué facetas de las relaciones humanas te interesaba explorar en Ella y yo contra todo y qué buscabas transmitir a quienes leyeran tus versos?

Este libro está lleno de contradicciones, desencuentros y, sobre todo, inseguridades. Quería reunir todo lo que había escrito durante aquellos primeros años, sin intentar construir una imagen idealizada del amor ni de mí mismo. Hay mucho de ese Pablo joven que todavía estaba intentando entender lo que sentía y que, probablemente, escribía antes de saber explicar las cosas.

Publicar un poemario supone abrir una parte de la propia intimidad a personas desconocidas. ¿Cómo viviste la publicación de Ella y yo contra todo? ¿Te resultó difícil aceptar que otros pudieran interpretar tus palabras de maneras muy distintas a las que tú habías imaginado?

La verdad es que no. Siempre me gustó esa pequeña discrepancia que hay en las diferentes formas de entender un mismo verso. Y tampoco me dio miedo nunca hacer público lo que había en mí. Siempre he sido bastante pasota en ese sentido.

Cuatro años después, en 2021, llegó Idílica anatomía, un título especialmente sugerente que parece invitar a examinar aquello que sentimos. ¿Cómo surgió esa combinación de palabras y qué significado tiene dentro del libro?

Idílica anatomía es un libro algo más ligero, más sencillo de leer, pero con una crudeza y un humor más absurdo y oscuro. Es un libro más experimental, donde con poemas breves intento dar el máximo sentido a la lectura. El título no lo puse yo; fue alguien que describió así uno de mis poemas y me gustó tanto la expresión que no me lo pensé dos veces.

En Idílica anatomía, ¿qué diferencias querías establecer respecto a tu obra anterior? ¿Fue un proyecto que nació de una inquietud concreta o surgió de la necesidad de explorar nuevas posibilidades expresivas dentro de la poesía?

Quería encontrar una voz más madura y, al mismo tiempo, experimentar. En Idílica anatomía me interesaba jugar con los poemas breves, el humor absurdo y cierta crudeza, intentando que unas pocas palabras pudieran sostener varios significados. Quería comprobar hasta dónde podía llevar mi escritura por otros caminos.

Entre tus dos primeros libros transcurrieron cuatro años. ¿Qué había cambiado en tu manera de entender el amor, las relaciones personales y la propia escritura cuando comenzaste a trabajar en Idílica anatomía? ¿Hubo algo que antes te resultaba difícil expresar y que finalmente encontraste la forma de llevar al papel?

Hubo demasiados cambios personales y estaba en un punto de mi vida algo descontrolado. Además, estábamos en pleno confinamiento por la pandemia. Me ayudó mucho a no sentirme solo entre cuatro paredes.

Tu publicación más reciente es Kilómetro 209: Diario de un poeta. El título despierta inmediatamente la curiosidad: parece señalar un punto concreto de un viaje, un lugar donde detenerse o quizá un momento decisivo. ¿Qué representa exactamente ese kilómetro 209 y por qué decidiste convertirlo en el título del libro?

Es el kilómetro exacto en el que se desarrolla la historia. No es un título puesto al azar: tanto los poemas como los capítulos están vinculados a ese lugar y al recorrido que se cuenta en el libro. Todo forma parte de una misma estructura, y el título funciona como un punto de referencia para la historia.

Has elegido el subtítulo Diario de un poeta, que sugiere una relación especialmente cercana entre escritura y experiencia personal. ¿Hasta qué punto estamos ante un recorrido autobiográfico? ¿Escribes sobre lo que sucede mientras lo estás viviendo o necesitas que transcurra cierto tiempo para comprenderlo y transformarlo en poesía?

Aquí hay un poco de los dos. Porque hay partes que sí fui escribiendo mientras las vivía y otras que fui escribiendo mucho tiempo después.

De hecho, en la historia transcurren 163 días, pero a mí me llevó seis años de trabajo.

El diario y el poemario son dos formas literarias con características diferentes. ¿Cómo abordaste la estructura de Kilómetro 209? ¿Existe una evolución narrativa que invita a leerlo de principio a fin o está concebido para que cada poema pueda disfrutarse de manera independiente?

Exacto. Kilómetro 209 invita a leerlo como un diario real. Poco a poco. Sin devorar poemas para terminar el libro. No es un poemario convencional. Tiene una narrativa y está compuesto por cuatro capítulos principales: Piel, Mimos y Zarpazo (I y II). Y un capítulo, Cambio de luces, escrito por Nerea Barros, que hace que este diario tenga otra perspectiva y otra voz al cerrar el libro… Creo que eso es brutal.

Entre Ella y yo contra todo y Kilómetro 209 han transcurrido nueve años. Si colocaras los tres libros sobre una mesa y pudieras conversar con el Pablo que escribió cada uno de ellos, ¿qué crees que tendrían en común esos tres hombres y en qué cuestiones descubrirías que han cambiado profundamente?

Creo que, literariamente, los tres tendrían bastantes cosas en común, aunque cada uno encontraría una manera distinta de expresarlas. Seguramente seguiría reconociendo en los tres esa necesidad de contar historias y de jugar con las palabras. Lo que habría cambiado sería la forma de mirar determinadas experiencias y de trasladarlas al papel. Al final, uno no deja de ser quien era, pero tampoco puede escribir siempre desde la misma perspectiva.

Quizá sí tengo un universo al que recurro mucho.

El mar, la lluvia, la luna, Gijón…

Los ojos, los labios, la piel…

Pero cada verso cuenta algo diferente, y eso es algo que me encanta.

Hay escritores que necesitan vivir determinadas experiencias para encontrar inspiración y otros que descubren historias extraordinarias observando situaciones aparentemente insignificantes. ¿Dónde encuentra Pablo F. Vázquez el origen de sus poemas? ¿Has llegado a escribir sobre algo que inicialmente te parecía irrelevante y que terminó adquiriendo un significado especial?

Sí, me ha pasado desde siempre. He hecho poemas para personas desconocidas, en momentos en los que simplemente me apetece escribir, y si veo algo que me llama la atención de alguien a mi alrededor, simplemente lo escribo. También me pasa con situaciones o con cosas. Escribo sobre escenas, y no necesariamente tengo que ser yo quien las viva.

Como trovador, tienes la posibilidad de llevar tus versos más allá del papel. ¿Qué cambia cuando un poema es interpretado en voz alta ante un público? ¿Alguna vez la reacción de los oyentes te ha llevado a modificar la manera de recitarlo o incluso a descubrir una intención que no habías percibido mientras lo escribías?

Creo que cambia completamente. Es una experiencia diferente: no estás solo leyendo; estás interactuando con otras personas, ves sus caras, los gestos, cómo algo le hace reír a uno y llorar a otro… Y, de la misma forma, yo, dependiendo del grupo de personas que tengo delante, no lo hago siempre de la misma forma. Te envuelve el entorno.

La poesía suele asociarse con la espontaneidad y la inspiración, aunque también exige un trabajo minucioso con las palabras, los silencios y el ritmo. ¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Eres de los que reescriben un poema durante días hasta encontrar su forma definitiva o prefieres conservar la intensidad de los primeros versos?

Normalmente prefiero conservar antes que reescribir. Me interesa mantener la esencia con la que nace un poema, incluso cuando podría pulirlo más. Con Kilómetro 209, sin embargo, fui bastante más exigente conmigo mismo: revisé mucho, recorté y di muchas vueltas a los textos. Intenté conservar el eje de cada poema, pero también encontrar una forma más precisa de encajarlo en la historia. Fue un proceso de equilibrio entre respetar lo que había escrito y exigirle algo más.

Después de tres libros, ¿cómo valoras tu trayectoria literaria y la respuesta de los lectores? ¿En qué momento creativo te encuentras actualmente? ¿Estás trabajando en un cuarto poemario, tienes proyectos relacionados con tu faceta de trovador o te gustaría explorar otros géneros? ¿Puedes adelantarnos algo de lo que estás preparando?

Ahora mismo estoy en una etapa un poco extraña, de evolución personal, y mi faceta de trovador ha quedado algo apartada. Pero solo por el momento. También me gustaría probar con la novela; tengo varios borradores con esa intención, aunque no creo que sea un proyecto a corto plazo.

Ahora estoy centrado en recuperar mis dos primeros libros, Ella y yo contra todo e Idílica anatomía, con nuevas ediciones corregidas y revisadas que espero tener disponibles en diciembre de 2026. Me hace ilusión recuperar esos textos y volver a ponerlos en circulación, especialmente porque Ella y yo contra todo se acerca a su décimo aniversario.

Para terminar, alejémonos de los libros y de los recitales. ¿Qué cosas te hacen verdaderamente feliz cuando no estás escribiendo? ¿Qué sueños te quedan por cumplir y qué te gustaría que alguien encontrase dentro de muchos años al abrir uno de tus poemarios y descubrir tus palabras?

Me hacen feliz cosas bastante sencillas: pasar tiempo con mi gente y mis mascotas, escuchar música o disfrutar de una buena serie. Soy feliz con poco.

Me quedan muchos sueños por cumplir, y algunos se van acumulando. Supongo que soñar también es una forma de mantenerse en movimiento.

Y si alguien descubre un libro mío dentro de muchos años, me gustaría que pensara algo como: «Este cabrón estaba como una cabra, pero era buena gente». Con eso me daría por satisfecho.

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