Sigrid Pulgar: «Bajo tierra, los mineros éramos familia»

Sigrid Pulgar, mujer minera asturiana, en el interior de una mina

Hablar de la minería asturiana exige ir más allá de los castilletes, las fotografías antiguas y las cifras. Significa escuchar a quienes conocieron el interior de los pozos, trabajaron en condiciones difíciles y formaron parte de una cultura construida alrededor del esfuerzo, el riesgo y, sobre todo, el compañerismo.

Sigrid Pulgar entró a trabajar en el Pozo Santiago en 2003. Fue ayudante minera, maquinista de tracción y, durante la última etapa de su vida laboral, trabajó en seguridad. A lo largo de quince años recorrió los pozos Santiago y San Antonio, ocupando un espacio que durante mucho tiempo había estado reservado casi exclusivamente a los hombres.

Su historia tiene, además, una dimensión familiar especialmente dolorosa: su padre había fallecido en el Pozo Polio. Sigrid conocía la mina por lo que había escuchado en casa, pero también por sus hermanos, que entraron a trabajar antes que ella. Sin embargo, ninguna historia podía prepararla por completo para lo que significaba descender por primera vez.

Mientras escribía El último canto del canario, una novela muy vinculada a la memoria minera asturiana, quise dejar una pequeña referencia a aquellas mujeres que tuvieron que abrirse camino bajo tierra:

«Era un mundo de hombres donde algunas mujeres tenían que currárselo mucho más para demostrar su valía. En enero de 1996 entraron cuatro de las primeras mujeres a trabajar en el interior de los pozos Santiago y Pumarabule».

Sigrid no aparece como personaje en la novela, pero su experiencia forma parte de esa historia real que merece ser conservada: la de las mujeres que demostraron que también podían ocupar su lugar en el interior de una mina.

En esta entrevista habla de su primera bajada, de los prejuicios que tuvo que afrontar, de los riesgos del oficio, del cierre de los pozos y de todo aquello que Asturias podría perder si dejamos de escuchar a quienes vivieron la minería desde dentro.

Entraste a trabajar en el Pozo Santiago en 2003, aunque tu primera bajada fue una visita previa al Pozo Sotón. ¿Qué recuerdas de aquel primer descenso y de la sensación de entrar en una mina?

—La primera vez que bajé a una mina fue en el Pozo Sotón. La empresa prefirió llevarnos antes a un pozo de visita y enseñarnos, con un vigilante de seguridad como responsable, la parte más dura de la mina. Así, cuando llegáramos a nuestros destinos, la impresión no sería tan fuerte.

Aquel primer día entré con muchos nervios y con la sensación de estar bajando a los infiernos. Mi padre había fallecido no mucho tiempo antes en el Pozo Polio y sentía miedo, sobre todo por desconocimiento.

Bajamos por un pozo vertical, saltamos a un vagón y después descendimos hasta la galería principal. Cuando terminó la visita, comprendí que aquello no era tan terrible como había imaginado.

Por eso, cuando entré por primera vez en el Pozo Santiago, la impresión fue mucho mejor. Éramos bastantes personas y había algunas caras conocidas, algo que hizo aquella primera entrada un poco más llevadera.

Venías, además, de una familia minera. ¿Hasta qué punto conocías realmente aquel mundo antes de vivirlo desde dentro?

—Lo conocía bastante bien de oídas. Primero por mi padre y después por mis hermanos mellizos, que, aunque eran más pequeños que yo, entraron a trabajar en el pozo antes.

De hecho, fueron ellos quienes más nos animaron a entrar. Estaban a gusto con el trabajo, con el horario y, por supuesto, con la nómina. Sin embargo, una cosa es lo que te cuentan y otra muy distinta vivirlo desde dentro.

Empezaste como ayudante minera, después trabajaste como maquinista de tracción y más tarde en seguridad. ¿Cuál de esas etapas recuerdas con más cariño y por qué?

—Guardo buenos recuerdos de todas, pero siento un cariño especial por la última etapa, la de seguridad.

Desde el primer día que entré en el pozo pensé que algún día quería trabajar allí. Era una labor muy variada: rellenábamos botiquines, cambiábamos extintores y recorríamos todos los puntos de la mina haciendo mediciones de polvo y diferentes controles.

Sin duda, fue la etapa que más me gustó.

Siempre se habla de la dureza física de la mina, pero quienes han trabajado bajo tierra suelen mencionar también una dureza mental difícil de explicar. ¿Qué es lo que nunca llega a comprender del todo alguien que no ha bajado a un pozo?

—Quien nunca ha bajado no puede comprender del todo ni la dureza física ni la mental.

Trabajábamos sin aire natural, porque la ventilación llegaba hasta los distintos puntos mediante turbinas. Había muchísimo polvo, humedad, cascos, maquinaria y un ruido constante de martillos de barrenar, martillos de picar y pánzeres.

A todo eso había que añadir los equipos de protección: la mascarilla para el polvo y unas gafas muy incómodas. Es difícil imaginar lo que supone llevar todo eso en la cara mientras trabajas durante horas en aquellas condiciones.

Cuando comenzaste, el interior de la mina seguía siendo un espacio enormemente masculino. ¿Sentiste que tenías que demostrar más que un compañero para que se valorara de la misma manera tu trabajo?

—Por supuesto. Siempre tenía que demostrar más que un compañero, especialmente durante mi etapa como ayudante minera.

En ocasiones nos mandaban a limpiar cintas y pánzeres después de que otros compañeros hubieran estado trabajando en esos mismos puntos. Si ellos no habían terminado su tarea, tú podías pasarte toda la mañana tirando de pala.

Mientras tanto, ellos cobraban más, bien por incentivos relacionados con la madera, por la nocturnidad o porque estaban desempeñando una categoría superior a la de ayudante.

Has contado alguna vez que llegaste a escuchar que estabas ocupando un puesto que debería haber tenido un hombre. ¿Cómo se responde a algo así cuando lo único que quieres es hacer tu trabajo?

—Yo les recordaba que ellos también venían de una mujer, de su madre, y les preguntaba qué les parecería que alguien hablara así de ella.

Después demostraba trabajando que podía hacer mi labor igual que un paisano. De ese modo, los comentarios terminaban desapareciendo.

También quiero dejar claro que quienes decían esas cosas eran una minoría. La mayoría de mis compañeros fueron muy buenos conmigo.

A pesar de esas situaciones, siempre has defendido el compañerismo que existía bajo tierra. ¿Qué tenía la mina para crear vínculos tan fuertes entre quienes trabajabais allí?

—Si tuviera que resumir mis quince años en los pozos Santiago y San Antonio con una sola palabra, sería compañerismo.

Trabajar bajo tierra y en aquellas condiciones hacía que las personas se ayudasen, se preocupasen unas por otras y compartiesen buenos consejos. Lo sentí especialmente en el Pozo San Antonio, porque éramos pocos trabajadores y existía una relación muy cercana entre nosotros.

Las instalaciones, las herramientas e incluso algunas dimensiones de las galerías estaban pensadas históricamente para hombres. ¿Había pequeñas cosas del día a día que os recordaban constantemente que aquel espacio no había sido diseñado pensando en vosotras?

—Sí, por supuesto. Entrar en la jaula ya podía convertirse en una odisea. Todos empujábamos para entrar y, especialmente, para salir, aunque siempre dentro del respeto.

También estaban las herramientas, algunas demasiado pesadas, como el martillo de picar que utilizábamos para retirar los costeros que caían de las cintas o de los pánzeres. Podíamos hacerlo, claro que sí, pero suponía un esfuerzo considerable.

Otro ejemplo eran las rampas o los picos verticales con cuadros de madera. Las mampostas en las que apoyábamos las piernas para bajar estaban demasiado separadas, como los peldaños de una escalera completamente vertical. Estaban colocadas pensando en la altura habitual de los hombres y yo tenía que descender dando pequeños saltos.

¿Hubo algún momento concreto en el que sentiste que tus compañeros habían dejado de verte como “una mujer que trabajaba en la mina” y simplemente eras una minera más?

—Sí. No ocurrió durante los primeros días, ni siquiera durante los primeros meses.

Pero cuando llevas tiempo trabajando en un mismo punto, tus compañeros te conocen y saben que vas allí a trabajar y a hacerlo lo mejor posible. Entonces empiezan a respetarte y dejan de verte como una mujer dentro de la mina. Pasas a ser, como decían ellos, un compañeru más.

Terminaste trabajando en seguridad, controlando la ventilación, los gases, el polvo y otros elementos fundamentales. ¿Te hizo esa labor todavía más consciente de los riesgos que asumía diariamente un minero?

—Sí, por supuesto. Era consciente de los peligros desde el primer día, pero el trabajo en seguridad hizo que lo fuera aún más.

Teníamos que recorrer todos los puntos del pozo, incluso algunas zonas cerradas. Hacíamos mediciones de gases, comprobábamos la presión de las bombas y vigilábamos que no se produjeran hundimientos ni otras situaciones peligrosas.

Al moverte por toda la explotación y prestar atención a cada uno de esos elementos, comprendes todavía mejor la cantidad de riesgos que existen bajo tierra.

Existe una imagen épica de la minería, aunque detrás hubo accidentes, enfermedades profesionales y familias enteras marcadas por ella. ¿Crees que hemos llegado a romantizar demasiado un oficio que podía ser terriblemente duro?

—Yo no creo que esté romantizado. Nunca me había planteado siquiera que alguien pudiera verlo de ese modo.

Muchas mujeres, y también algunos hombres, entramos a trabajar mediante la llamada “Preferencia Absoluta”. Eso significaba que accedías al puesto porque un familiar directo había fallecido en un pozo.

Por eso puedo decir que el oficio era realmente duro, especialmente para quienes habíamos perdido a personas muy queridas en la mina. Para nosotros no era una imagen épica ni una historia lejana: era una realidad familiar.

Asturias ha cambiado muchísimo desde el cierre progresivo de los pozos. ¿Qué pierde una comarca minera cuando desaparece la mina, además de los puestos de trabajo?

—Las comarcas mineras perdemos parte de nuestra esencia y de nuestra historia. Pero también perdemos oportunidades.

Quienes tenemos hijos nos preguntamos dónde van a trabajar y qué industrias quedan actualmente en Asturias.

La descarbonización y la reindustrialización no se han completado como deberían. Los fondos mineros llegaron precisamente para facilitar esa transición, pero no se hizo todo lo que era necesario. Todavía nos queda mucho trabajo por delante.

Podemos conservar castilletes, museos y fotografías, pero ¿qué parte de la cultura minera resulta imposible preservar cuando desaparecen las personas que la vivieron?

—La esencia minera y aquel enorme compañerismo que existía dentro de los pozos. Hombres y mujeres trabajábamos bajo tierra formando un verdadero equipo.

También se perderán las historias de las asambleas y de aquellas huelgas durante las que podíamos pasar meses sin cobrar. Había compañeros que tenían ganado y te decían: “Si te hace falta para comer, mato un xatu o una xata y nos apañamos”.

Los sindicatos hablaban con los bancos para conseguir préstamos en condiciones favorables. Se colocaban huchas para ayudar a pagar las multas derivadas de las huelgas. Ante la adversidad, los mineros éramos una familia.

También lo veías cuando ocurría un accidente. Los compañeros se desvivían por el compañeru mancáu. Entre todos lo subían a la camilla, lo llevaban hasta el vagón ambulancia y trataban de tranquilizarlo diciendo que no había sido nada.

Esas historias personales, si no las contamos, terminarán desapareciendo.

Actualmente participas en actividades para explicar la minería incluso a niños muy pequeños. ¿Qué te gustaría que entendieran las nuevas generaciones sobre los mineros y las mujeres mineras?

—Me gustaría que comprendieran que el oficio minero era muy peligroso, aunque dentro de los pozos también existía ese “encanto” relacionado con el compañerismo y con todo lo que he contado.

Pero, sobre todo, quiero que sepan que las mujeres podemos trabajar en un oficio duro, manejar herramientas pesadas y desenvolvernos en ambientes muy desfavorables igual que un paisano.

Además, la mina permitía una conciliación laboral y familiar bastante buena. Los horarios facilitaban compaginar el trabajo con la familia y contábamos con permisos de maternidad y paternidad.

La historia de la minería asturiana se ha contado muchas veces a través de los hombres. ¿Crees que todavía falta recuperar buena parte de la historia de las mujeres vinculadas a los pozos, tanto dentro como fuera de ellos?

—Claro que sí. Sobre todo falta contar la historia de las primeras mujeres.

Por lo que sé gracias a mis compañeras, ellas lo pasaron mucho peor que quienes entramos después. Fueron las que tuvieron que abrir el camino y enfrentarse a situaciones todavía más difíciles.

Si pudieras corregir una idea equivocada que todavía tenga mucha gente sobre las mujeres que trabajaron en el interior de las minas, ¿cuál sería?

—La idea de que no podemos trabajar en el interior porque nos falta fuerza física.

Existe un refrán que lo resume muy bien: vale más maña que fuerza. Eso se puede aplicar a muchos trabajos dentro de la mina.

Es cierto que las labores de los barrenistas y los picadores se encontraban entre las más duras y requerían una fuerza física considerable. Eso es innegable. Pero, en mi opinión personal, las mujeres poseemos una gran fortaleza mental.

Después de tantos años bajo tierra, ¿hay algún sonido, olor o sensación capaz de llevarte inmediatamente de vuelta al Pozo Santiago?

—Cuando me encuentro con algún compañero o compañera, regreso enseguida a aquellos años.

También me ocurre cuando hacemos una ruta y encontramos una antigua galería minera. El olor a tierra húmeda y a agua estancada me lleva inmediatamente de vuelta al pozo.

Cuando dentro de unas décadas alguien trate de comprender lo que fue la minería asturiana, ¿qué te gustaría que recordara de aquella generación de mujeres que consiguió hacerse un sitio bajo tierra?

—Me gustaría que recordara que, gracias a una mujer llamada Conchita, muchas otras pudimos entrar a trabajar en el interior de los pozos.

Ella denunció a HUNOSA porque, a pesar de haber superado el reconocimiento médico y las pruebas físicas, no le permitieron trabajar bajo tierra. Su lucha abrió el camino a las demás.

Quiero que se recuerde que no podemos darnos por vencidas y que debemos luchar por nuestros sueños y por nuestros derechos. Solo luchando conseguimos cambiar el mundo y hacerlo un poco mejor. Así ocurrió con aquellas mujeres y así sucedió también con las huelgas mineras.

Una memoria que no debe quedarse bajo tierra

Escuchar a Sigrid Pulgar permite comprender que la minería asturiana no fue únicamente una actividad industrial. Fue una forma de vida que transformó familias, pueblos enteros y varias generaciones.

Su testimonio habla de peligros, pérdidas y desigualdades, pero también de solidaridad, orgullo profesional y resistencia. Habla de mujeres que tuvieron que demostrar más para recibir el mismo reconocimiento y de compañeras anteriores que soportaron obstáculos todavía mayores.

Los pozos pueden cerrar y las galerías pueden quedar vacías, pero historias como la de Sigrid evitan que desaparezca todo lo que se vivió en su interior.

Porque conservar la memoria minera no consiste solamente en mantener en pie un castillete. También significa escuchar a quienes bajaron en la jaula, trabajaron bajo tierra y regresaron para contarlo.

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